El deshielo masivo de este año no solo se debe al calor, sino también a un invierno con poca nieve. “Cuando cae suficiente nieve en invierno, esta actúa como una capa protectora hasta bien entrado el verano”. En cambio, las superficies de glaciares que se quedan sin nieve, al ser más oscuras, absorben la radiación solar y se calientan. “Eso acelera todavía más el deshielo”. Y si las masas de aire saharianas arrastran polvo hasta los Alpes, el efecto se intensifica. Ni siquiera los inviernos con copiosas nevadas pueden detener la pérdida de hielo. El año 2024 lo demostró claramente, cuando Huss, en junio, encontró una capa de nieve de hasta cinco metros sobre los glaciares a 3 000 metros de altitud: “Pensé que era imposible que esa capa se derritiera antes del otoño”. Sin embargo, tras dos meses de verano muy calurosos, la nieve desapareció.
También sufren los grandes
Los años extremos afectan especialmente a los glaciares pequeños, que se fragmentan hasta desaparecer por completo. El propio Huss ha vivido como investigador la desaparición del glaciar de Pizol, en el Cantón de San Galo: durante los últimos veinte años acudió unas cincuenta veces para realizar mediciones. “Desde 2022, allí solo queda una morrena”.
Una reserva natural de agua en peligro
El retroceso de los glaciares acarrea graves consecuencias para la disponibilidad de agua. “No es casualidad que los Alpes sean considerados el arca de agua de Europa”, explica el glaciólogo Matthias Huss. Aquí nacen algunos de los grandes ríos europeos, alimentados, entre otras fuentes, por el deshielo de la nieve y los glaciares, como el Rin, el Ródano y el Po. “Los glaciares funcionan como un depósito natural de agua y contribuyen a mantener estables los caudales, especialmente en períodos de calor y sequía”. Los habitantes de los valles alpinos ya aprovechaban este recurso hace siglos: construyeron canales para conducir el agua de deshielo hacia sus campos en época de sequía. Algunas de estas antiguas acequias siguen utilizándose en Valais, donde se les conoce como bisses (en francés) o Suonen (en alemán).
Según Matthias Huss, si esta reserva de agua sigue disminuyendo, a largo plazo podría verse afectada también la producción de energía hidroeléctrica. Por ahora, el deshielo de los glaciares todavía contribuye a mantener llenos los embalses. “Pero este efecto desaparecerá cuando la reserva natural de agua se haya agotado”.
En los dos mayores glaciares de los Alpes suizos (el de Aletsch, en la región del Jungfrau, y el de Gorner, en el macizo del Monte Rosa), una pérdida media anual de dos metros de espesor de hielo apenas se nota, ya que estos glaciares tienen varios cientos de metros de altura. “Pero cuando uno se encuentra frente a una lengua glaciar, el cambio es impresionante de un año a otro”, dice Matthias Huss. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la cola del glaciar del Ródano: “Allí, el hielo ha retrocedido considerablemente y ha dado paso a un lago formado por agua de deshielo”.
Para Huss, la supervivencia de los glaciares de gran altitud dependerá de la “capacidad del mundo para dar un giro radical en materia climática”. Si se lograra estabilizar el calentamiento global en 1,5 grados, “los glaciares todavía podrían retirarse hacia zonas de mayor altitud”; pero este escenario parece cada vez más improbable: “Nos dirigimos actualmente hacia un calentamiento global de 2,7 grados. Según los escenarios climáticos, el aumento de las temperaturas en los Alpes podría llegar incluso a los cuatro grados”, advierte Huss. De continuar la tendencia de los últimos años, “es perfectamente posible que, a finales de siglo, el hielo desaparezca por completo, incluso por encima de los 4 000 metros”.
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