Janosch Beer y Ariana David, investigadores de la ETHZ, se dirigen a los sitios de medición del pequeño glaciar de Scex Rouge, en los límites entre los cantones de Vaud y Valais. Foto Marco Zanoni
Desde el Col du Pillon, un teleférico asciende hasta la estación de montaña “Glacier 3 000”, situada entre los cantones de Vaud y Valais. En la terraza panorámica, a casi 3 000 metros de altitud, este lunes de finales de julio se divisan a lo lejos las cumbres más altas de los Alpes, entre ellas el Cervino, cuya cima aparece ligeramente cubierta por la nieve recién caída. El día anterior, si bien algunas tormentas dejaron precipitaciones en las montañas, apenas lograron aliviar la extrema sequía de este verano. Y ya se acerca una nueva ola de calor, que en muchos lugares de Suiza hará que se superen los récords de temperatura registrados hasta la fecha.
Hemos llegado a los 3 000 metros: el termómetro marca 10 grados centígrados, mientras el viento dispersa algunos jirones de nubes. A nuestros pies se extiende un altiplano cubierto por los glaciares relativamente planos de Scex Rouge y Tsanfleuron. Hasta hace pocos años, ambos formaban una única masa de hielo. Desde 2022, los separa una lengua de tierra que salió a la superficie, fruto del intenso deshielo debido al calentamiento climático provocado por el ser humano. Diez años antes, ese mismo lugar estaba cubierto por una capa de hielo de 15 metros de espesor. Ahora, la cresta rocosa del Col de Tsanfleuron emerge cada vez más por encima de los glaciares en retroceso.
El agua no deja de murmurar
Panorama Suizo se ha propuesto acompañar al glaciólogo Janosch Beer. Este doctorando de la ETH de Zúrich, de 31 años, estará midiendo hoy el deshielo superficial y la temperatura del hielo en Scex Rouge. Lo acompaña su colega Ariana David, quien lo ayuda en su labor. Tomamos el telesilla que, durante el verano, lleva a los turistas desde la estación de montaña hasta la meseta glaciar, situada doscientos metros más abajo. Desde allí, un sendero señalizado les permite recorrer sin peligro la ruta llamada “Glacier Walk”.
Al llegar al borde del glaciar, ya sin nieve, nos colocamos los crampones bajo las botas de montaña: son imprescindibles para avanzar con seguridad por el terreno resbaladizo. Por toda la superficie de hielo, ligeramente inclinada, corren regueros y pequeños arroyos. El agua no deja de murmurar. “Nunca había visto el glaciar tan mojado”, constata Beer, que lleva varios años viniendo aquí cada verano. En el punto más bajo, el agua de deshielo forma un pequeño lago que se derrama en forma de cascada por el borde de un acantilado.
Aproximadamente en el centro del glaciar encontramos una vara de aluminio visible desde lejos, que los glaciólogos utilizan para medir la pérdida de hielo. Hace un año, Beer clavó la llamada “baliza de ablación” en el glaciar a cuatro metros de profundidad. Ahora, su extremo superior sobresale casi tres metros por encima de la superficie. “Y el verano aún no ha terminado”, advierte el investigador. Una segunda medición, realizada en el extremo inferior del glaciar, completa los datos. Esta temporada, en la superficie del glaciar Scex Rouge se han derretido entre 2,4 y 2,9 metros de hielo puro. Según Beer, estas cifras son similares a las de los años anteriores, que ya se habían considerado elevadas o, incluso, extremas.
En cualquier caso, los días de Scex Rouge están contados. El glaciar, que todavía alcanza unos 40 metros de profundidad, podría desaparecer por completo en veinte o treinta años. Está condenado a extinguirse, al no poder retroceder hacia una zona de acumulación situada a mayor altitud, donde cae nieve también en verano y puede formarse nuevo hielo glaciar.
Mediciones difíciles
Además del espesor, el joven científico mide la temperatura del hielo a distintas profundidades. Al comienzo de su proyecto de investigación instaló sensores en el glaciar, conectados con la superficie mediante un largo cable. Ahora, Beer conecta su ordenador portátil y descarga en pocos segundos los datos registrados. En su tesis doctoral estudia, entre otros temas, cómo la ausencia de una capa de nieve influye en las temperaturas del interior de los glaciares. Sus hallazgos servirán para prevenir riesgos naturales: las devastadoras consecuencias que puede tener el colapso de los glaciares para las poblaciones situadas a sus pies quedaron patentes en 2025, con la catástrofe de Blatten (ver pp. 16-17 y Panorama 4/2025).
En cuanto termina de tomar todas las lecturas, Beer saca un taladro eléctrico de su mochila. Hay que volver a clavar las varas de aluminio a cuatro metros de profundidad en el glaciar, por lo que tiene que taladrar nuevos agujeros en el hielo. Beer tiene que interrumpir su primer intento a un metro de profundidad, ya que el agujero que está perforando se llena demasiado rápido de agua de deshielo. A pesar de todo, el investigador consigue su objetivo tras unos cuantos intentos más. Su trabajo en Scex Rouge ha concluido por este año.
En los días siguientes, Janosch Beer continuaría con su investigación en otros glaciares de Valais y, una semana más tarde, nos enviaría sus observaciones por correo electrónico. Beer ha constatado un deshielo considerable prácticamente en todas partes: “En algunos lugares, las varas sobresalían del hielo más de tres metros. Apenas pudimos medir esos niveles. En otros puntos, el deshielo era completo, por lo que se perdieron los datos”. También le llamó la atención la cantidad de hielo desnudo visible a altitudes superiores a los 4 000 metros. “Antes, estas áreas estaban cubiertas de nieve todo el año”.
Un año extremo tras otro
Todos los datos recopilados sobre el volumen de los glaciares se incorporan a la red suiza de medición de los glaciares GLAMOS (Glacier Monitoring Switzerland), que cuenta con estaciones de medición en un total de 176 glaciares. El balance global, que se establece cada septiembre al finalizar el año hidrológico, aún no estaba disponible al cierre de esta edición. No obstante, en vista de las mediciones realizadas hasta julio, el responsable de GLAMOS, Matthias Huss, estima que 2026 podría convertirse en otro año extremo. “Los glaciares suizos se encuentran en estado sumamente crítico, afirma en una videollamada este glaciólogo de 46 años. El retroceso de los glaciares, ininterrumpido desde 1990, se ha acelerado aún más en los últimos años. El año récord de 2022 fue, según Huss, “un verdadero punto de inflexión. Desde entonces, hemos tenido un año extremo tras otro”.
El deshielo masivo de este año no solo se debe al calor, sino también a un invierno con poca nieve. “Cuando cae suficiente nieve en invierno, esta actúa como una capa protectora hasta bien entrado el verano”. En cambio, las superficies de glaciares que se quedan sin nieve, al ser más oscuras, absorben la radiación solar y se calientan. “Eso acelera todavía más el deshielo”. Y si las masas de aire saharianas arrastran polvo hasta los Alpes, el efecto se intensifica. Ni siquiera los inviernos con copiosas nevadas pueden detener la pérdida de hielo. El año 2024 lo demostró claramente, cuando Huss, en junio, encontró una capa de nieve de hasta cinco metros sobre los glaciares a 3 000 metros de altitud: “Pensé que era imposible que esa capa se derritiera antes del otoño”. Sin embargo, tras dos meses de verano muy calurosos, la nieve desapareció.
También sufren los grandes
Los años extremos afectan especialmente a los glaciares pequeños, que se fragmentan hasta desaparecer por completo. El propio Huss ha vivido como investigador la desaparición del glaciar de Pizol, en el Cantón de San Galo: durante los últimos veinte años acudió unas cincuenta veces para realizar mediciones. “Desde 2022, allí solo queda una morrena”.
En los dos mayores glaciares de los Alpes suizos (el de Aletsch, en la región del Jungfrau, y el de Gorner, en el macizo del Monte Rosa), una pérdida media anual de dos metros de espesor de hielo apenas se nota, ya que estos glaciares tienen varios cientos de metros de altura. “Pero cuando uno se encuentra frente a una lengua glaciar, el cambio es impresionante de un año a otro”, dice Matthias Huss. Es lo que ocurre, por ejemplo, en la cola del glaciar del Ródano: “Allí, el hielo ha retrocedido considerablemente y ha dado paso a un lago formado por agua de deshielo”.
Para Huss, la supervivencia de los glaciares de gran altitud dependerá de la “capacidad del mundo para dar un giro radical en materia climática”. Si se lograra estabilizar el calentamiento global en 1,5 grados, “los glaciares todavía podrían retirarse hacia zonas de mayor altitud”; pero este escenario parece cada vez más improbable: “Nos dirigimos actualmente hacia un calentamiento global de 2,7 grados. Según los escenarios climáticos, el aumento de las temperaturas en los Alpes podría llegar incluso a los cuatro grados”, advierte Huss. De continuar la tendencia de los últimos años, “es perfectamente posible que, a finales de siglo, el hielo desaparezca por completo, incluso por encima de los 4 000 metros”.
Estas perspectivas sombrías no desaniman a Matthias Huss. Más bien, considera que documentar los grandes cambios que están ocurriendo en los Alpes es una oportunidad: “Podemos aprovechar el impacto emocional de los glaciares para explicar el cambio climático”. Muchas personas tienen una relación personal con los glaciares, ya sea por recuerdos de infancia o por haber pasado vacaciones en la montaña. “Verlos desaparecer con nuestros propios ojos nos ayuda a tomar conciencia del problema”.
Desde la estación superior “Glacier 3 000”, un telesilla desciende hasta los glaciares de Scex Rouge (a la izquierda) y Tsanfleuron (a la derecha), que hasta 2022 permanecían unidos. Se han instalado grandes lonas blancas para proteger los montones de nieve residual de un invierno a otro. Foto Marco Zanoni
Glacier Monitoring Switzerland (GLAMOS) www.glamos.ch
Más fotos de glaciares en: www.revue.link/glaciar
Una reserva natural de agua en peligro
El retroceso de los glaciares acarrea graves consecuencias para la disponibilidad de agua. “No es casualidad que los Alpes sean considerados el arca de agua de Europa”, explica el glaciólogo Matthias Huss. Aquí nacen algunos de los grandes ríos europeos, alimentados, entre otras fuentes, por el deshielo de la nieve y los glaciares, como el Rin, el Ródano y el Po. “Los glaciares funcionan como un depósito natural de agua y contribuyen a mantener estables los caudales, especialmente en períodos de calor y sequía”. Los habitantes de los valles alpinos ya aprovechaban este recurso hace siglos: construyeron canales para conducir el agua de deshielo hacia sus campos en época de sequía. Algunas de estas antiguas acequias siguen utilizándose en Valais, donde se les conoce como bisses (en francés) o Suonen (en alemán).
Según Matthias Huss, si esta reserva de agua sigue disminuyendo, a largo plazo podría verse afectada también la producción de energía hidroeléctrica. Por ahora, el deshielo de los glaciares todavía contribuye a mantener llenos los embalses. “Pero este efecto desaparecerá cuando la reserva natural de agua se haya agotado”.
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Lo bello no tiene precio
Los Alpes cubiertos de glaciares forman parte de la identidad colectiva de Suiza. La belleza de los glaciares que resplandecen al amanecer incluso se celebra en el himno nacional. ¿Pero qué ocurrirá cuando en los Alpes solo queden desolados pedregales grisáceos? El periodista especializado Marcel Hänggi, que lleva más de veinte años dedicándose a la crisis climática, aborda esta cuestión en su nuevo libro Das Schöne, das verloren geht [“La belleza que se va perdiendo”]. Impulsado por “la tristeza ante la devastación que provoca la actividad humana”, el autor reflexiona sobre lo que perdemos al destruir el medio ambiente y se pregunta por qué la belleza apenas tiene cabida en los debates políticos y científicos. ¿No podría la belleza constituir una base sólida para tomar decisiones? “Esto es difícil”, reconoce Hänggi. Sin embargo, considera que la belleza de la naturaleza es relevante, “porque a todas luces no conseguimos proteger el medio ambiente si solo vemos en él un valor utilitario”. En este ensayo multifacético, el autor nos invita a considerar la naturaleza más allá de su aspecto meramente utilitario: “Sin la belleza, no hay vida digna de ese nombre”.
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