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  • Victimas suizas del Holocausto

Suizos en los campos de exterminio de Hitler

23.01.2020 – Susanne Wenger

Al menos 391 suizos estuvieron presos en los campos de concentración nazis, muchos de ellos suizos en el extranjero. Por primera vez, un libro de divulgación histórica escrito por tres periodistas arroja luz sobre la suerte que corrieron los prisioneros suizos en los campos de concentración.

El 10 de febrero de 1944, la joven madre Marcelle Giudici-Foks fue trasladada por la Gestapo al campo de concentración de Auschwitz. Al igual que ella, otros mil judíos y judías de la Francia ocupada fueron hacinados en vagones para ganado. Marcelle era profesora de baile de Royan, en la costa atlántica francesa; se había casado con el suizo en el extranjero Jean Giudici, obteniendo así la nacionalidad suiza. Los padres de Jean habían huido de la pobreza del Tesino para buscar un mejor futuro en Francia, como vendedores de gofres.

Amante de la vida, la joven profesora de baile suiza Marcelle Giudici-Foks en una playa de Royan, en la costa atlántica francesa. En 1944, poco después de dar a luz, fue deportada a Auschwitz por ser judía y allí fue asesinada.

En 1942, cuando la situación se volvió peligrosa para los judíos franceses al comenzar las deportaciones masivas, Marcelle y Jean pensaron trasladarse a Suiza. Pero como Marcelle estaba a punto de dar a luz, desistieron en el último momento de unirse al salvador convoy de trenes organizado por las autoridades suizas. A finales de enero de 1943, la Confederación finalmente repatrió a los judíos suizos residentes en Francia. Berna había vacilado durante mucho tiempo, a pesar de que el director del consulado suizo en París, René Naville, ya había advertido del peligro. Sin embargo, la repatriación llegó demasiado tarde para Marcelle Giudici, quien murió en Auschwitz.

“Digno de especial interés”

También el suizo en el extranjero René Pilloud fue internado en un campo de concentración. Nació en Friburgo y emigró con sus padres a la ciudad francesa de Bellegarde, cerca de la frontera suiza. Su padre trabajaba en una fábrica y René era aprendiz de fabricante de herramientas. En febrero de 1944, cuando apenas contaba con 17 años de edad, al dirigirse a un evento deportivo se topó con una operación del ejército alemán contra la resistencia francesa. Aunque era inocente, fue maltratado y finalmente terminó en el campo de concentración de Mauthausen. Las autoridades suizas intentaron obtener su libertad, pues, como puede leerse en las actas, “es digno de especial interés por nuestra parte”.

En una ocasión se pensó en un intercambio de prisioneros, pero Suiza rechazó la oferta: no quería intercambiar a suizos inocentes por criminales alemanes condenados oficialmente. Este noble principio constitucional prolongó el martirio de Pilloud. A principios de 1945 lo destinaron al crematorio del campo de concentración, donde tuvo que quemar cientos de cadáveres cada día. Sólo poco antes del fin de la guerra, la Cruz Roja logró llevarlo a Suiza; estaba desnutrido, traumatizado y tuberculoso. Suiza le pagó 35 000 francos como indemnización por haber sido víctima de los nazis. Murió en Ginebra, en 1985.

El número de prisionero de Gino Pezzani en el campo de concentración de Sachsenhausen. “Sch.” significa “suizo” y el triángulo rojo “preso político”. Los nazis lo deportaron en 1944, desde la Francia ocupada. Apenas logró sobrevivir.

De números a personas

René Pilloud y Marcelle Giudici: dos nombres, dos destinos trágicos que se relatan con detalle, junto con los de otras muchas personas, en el libro de Balz Spörri, René Staubli y Benno Tuchschmid. Durante cuatro años, estos periodistas llevaron a cabo minuciosas investigaciones en archivos y bases de datos y entrevistaron a los descendientes de los prisioneros. El resultado es una lista de las víctimas comprobadas: 391 ciudadanos suizos fueron internados en los campos de concentración nazis; 201 de ellos perecieron allí. A esto se suman 328 presos nacidos en Suiza, pero que nunca fueron ciudadanos suizos. 255 de ellos no sobrevivieron al internamiento. Todos habían sido detenidos en Alemania o en zonas ocupadas, algo que ocurrió con mayor frecuencia en Francia, donde ya en aquel entonces vivían la mayoría de los suizos en el extranjero.

Algunas de las víctimas suizas eran judíos, otras formaban parte de la resistencia o eran marginados. Los autores mencionan a las 391 víctimas como en un memorial: desde Abegg, Frieda, hasta Zumbach, Maurice. Si existen, también publican sus fotografías. “En los campos de concentración eran números, en el Archivo Federal suizo son casos de indemnización”, escriben los autores; “este libro se propone convertirlos de nuevo en personas”.

Falta de valor de las autoridades

Algo que llama la atención es que tuvieron que transcurrir 75 años para que se tomara conciencia de que hubo ciudadanos suizos internados en los campos de concentración. Aunque algunos sobrevivientes como René Pilloud contaron sus experiencias públicamente después de la guerra y el Parlamento les concedió indemnizaciones, aquello apenas despertó interés en Suiza. Estas biografías brillan por su ausencia en las publicaciones de investigación histórica. Con la descripción de estos destinos, los periodistas logran algo más que un lamento al cual todos podemos unirnos sin abandonar nuestra zona de confort. También se interrogan acerca del papel que jugaron las autoridades suizas. Su conclusión es la siguiente: “Suiza podría haber salvado a docenas de vidas si hubiera actuado con más valor y decisión”.

Naturalmente, “siempre es más fácil” decir esto cuando ya han trascurrido varios decenios, afirma el coautor Balz Spörri en una conversación con Panorama Suizo. Para juzgar los hechos a posteriori, hay que tomar en cuenta lo que sabían los actores de entonces, así como el margen de acción del que disponían a lo largo de las distintas fases. El libro describe con detalle la reacción de los políticos y de los medios de comunicación ante los campos de concentración nazis. A pesar de que existían indicios, durante mucho tiempo los campos de concentración no se consideraron como campos de exterminio.

Ciudadanos de segunda clase

Todavía en 1942, Heinrich Rothmund, jefe de la policía de extranjería federal, presentó un informe complaciente sobre su visita al campo de concentración de Sachsenhausen. El Consejo Federal le creyó de buena gana. Los autores no encontraron ningún indicio de que “antes de 1944 el Consejo Federal se hubiera ocupado del tema de los campos de concentración o de los prisioneros suizos que había en ellos”. Fueron diplomáticos valerosos, como el enviado suizo en Berlín, Paul Dinichert, quienes consiguieron la libertad de algunos prisioneros suizos. Sin embargo, tras la ocupación de Francia por Alemania, Berna aconsejó prudencia a sus diplomáticos y algunos, como el sucesor de Dinichert, Hans Frölicher, acataron escrupulosamente la consigna, temiendo que Hitler pudiera invadir Suiza si le enfurecían. Cabe recalcar que Frölicher era considerado en Suiza como un oportunista, partidario de los nazis.

Había otro motivo por el cual las autoridades suizas no hicieron todo lo posible por salvar la vida de sus compatriotas: a algunos no se les deseaba de vuelta porque hubieran sido una carga para el Estado: criminales, “antisociales” y discapacitados. Otros estaban proscritos en Suiza: comunistas, sintis, homosexuales o marginados sociales. “Las actas contienen numerosas evidencias que lo comprueban”, afirma Balz Spörri. Así, el jefe del Departamento del Exterior en Berna, Pierre Bonna, recomendaba a los diplomáticos en Berlín: “La legación no debe poner en peligro su credibilidad, en detrimento de todos los demás ciudadanos suizos dignos de protección, por favorecer a ciertos elementos que, por su propia culpa o por su actitud antisuiza y desafiante, han suscitado los problemas en que se encuentran”.

“Una mujerzuela así”

Esta recomendación tuvo fatales consecuencias para Anna Böhringer-Bürgi, de Basilea. Las autoridades la consideraban “libertina” desde su juventud, y además tuvo líos con la justicia. Por su matrimonio con un alemán, esta madre de siete hijos perdió la nacionalidad suiza. Tras el inicio de la guerra, a sus 54 años, buscó refugio en Suiza y solicitó recuperar su nacionalidad, pero ésta le fue denegada. Un funcionario decretó que era “una notoria prostituta y delincuente” y que en ningún caso se volverían a otorgar a “una mujerzuela así los derechos civiles cantonales”. Anna Böhringer debió salir del país. En 1945 murió en el campo de concentración de Ravensbrück. Posteriormente, Suiza también rechazó la solicitud de indemnización de su hija, alegando que la madre no era ciudadana suiza en el momento de su detención.

En 1938, el socialdemócrata zuriqués Albert Mülli (aquí en el año 1995) fue detenido en Viena por la Gestapo. Sobrevivió varios años en Dachau. Tras su regreso a Suiza, fue vigilado por el servicio de inteligencia.

Todas las víctimas de los campos de concentración que se mencionan en el libro ya han fallecido. La experiencia de los campos persiguió a los sobrevivientes, como Albert Mülli, hasta el final. Este fontanero zuriqués y socialdemócrata fue detenido en 1938 en Viena por la Gestapo y trasladado como preso político a Dachau. Se le acusó de tener contactos con comunistas. Mülli pasó seis años en prisión. Regresó a Suiza, rehízo su vida y fue miembro del parlamento cantonal. Antes de su muerte en 1997, aquejado de demencia, revivió su pasado. En el asilo de ancianos, las pesadillas lo torturaban: día y noche volvía a vivir los horrores del campo de concentración. Tener que ver aquello era muy doloroso, les contó la hija de Mülli a los autores del libro.

Mantener vivo el recuerdo

Este libro es tan sólo un comienzo, afirma Balz Spörri. Se necesita todavía una amplia investigación sobre las víctimas suizas del terror nazi. También es imprescindible una indemnización moral: reconocer que existieron estas víctimas, que se les hizo daño y padecieron una injusticia. Muchos de ellos lucharon contra el régimen nazi y pagaron con sus vidas: “Opinamos que ya es hora de que un miembro del Consejo Federal aborde el tema”. El autor se alegra del empeño de la Organización de los Suizos en el Extranjero por levantar un monumento conmemorativo (véase página 9). Hasta ahora, el Consejo Federal no ha asumido una postura clara al respecto.

Referencia bibliográfica: „Die Schweizer KZ-Häftlinge. Vergessene Opfer des Dritten Reichs“ (Prisioneros suizos de los KL. Víctimas olvidadas del Tercer Reich) Balz Spörri, René Staubli, Benno Tuchschmid NZZ Libro; 320 páginas, 147 imágenes. 48 CH Solo disponible en alemán.

Para despertar también el interés de la generación joven, el monumento en cuestión podría integrar formas digitales del recuerdo, propone Spörri. Por ejemplo, con una página web que relate las vidas de las víctimas, como una especie de monumento virtual. Dentro de poco habrán desaparecido ya todos los testigos del holocausto, y por eso es tan importante conservar sus historias en la memoria colectiva.

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