Menu
stage img
  • Tema Clave

Visita a la colosal cantera de la integración

06.05.2015 – Marc Lettau (Texto) Andrea Caprez (IllustraciÓn)

Inmigración: así se denomina en Suiza la manzana política de la discordia del año. Para los que ya están aquí, lo más crítico es ante todo saber cómo se planteará Suiza la integración en el futuro. ¿Debería exigir y fomentar el Estado una mayor integración? ¿O sólo los inmigrantes tienen la obligación de integrarse?

Llamemos Enver a este hombre trabajador y con sentido práctico. Este kosovar de 34 años vive en Basilea, tiene mucha experiencia con la llana y la argamasa y acude diariamente a su trabajo tan puntualmente como un suizo. Pero no se lo considera “bien integrado”. Sólo entiende a duras penas el alemán, y si el portero escribe en una nota “No dejar las bolsas de basura delante de la casa la víspera de la recogida”, Enver interpreta erróneamente la observación y la pone delante de la puerta, para no ser el último. A menudo paga las facturas con bastante más retraso de lo habitual en Suiza. Y es que con frecuencia no dispone de dinero en efectivo. Enver tiene deudas y está pagando a plazos varios pequeños créditos.

Integración por contrato

Sin embargo, hoy Enver está en la Oficina de Migración, leyendo un texto redactado en su lengua materna: “Kjo Marrëveshje e Integrimit duhet të kontribuojë që të nxitet integrimi në rrafshin individual...”. Sin dudarlo, firma en la parte inferior del texto. Lo que acaba de firmar es un acuerdo de integración – un contrato formalizados entre él y el cantón de Basilea-Ciudad, por el que se compromete contractualmente a aprender alemán y acudir a la Oficina de Asesoramiento sobre Deudas. La meta es simple: este kosovar debe mejorar las perspectivas de futuro para sí mismo y su familia. Y si Enver fuera un matón, también lo habrían podido obligar a participar en un programa de aprendizaje para prevenir la violencia. Pero en su caso, no hay ninguna necesidad.

Fomento con firmeza

El cantón en el que reside, Basilea-Ciudad, pide año tras año a unos 50 extranjeros de países fuera de la UE que firmen un acuerdo de integración. Hacemos esto “como medida de fomento”, dice Andreas Knuchel, portavoz del Departamento de Justicia y Seguridad del cantón de Basilea-Ciudad. Pero el llamado fomento lleva aparejada una exigencia. Quien no se esfuerce por alcanzar la meta acordada, recibe primero una amonestación, en una segunda etapa una advertencia o un aviso. En casos extremos, los que no cumplen pierden el derecho a quedarse en el país. En dos tercios de los casos se han alcanzado las metas parcial o totalmente, dice Knuchel. Para el resto de los casos, la Oficina de Migración estudia la aplicación de “otras medidas adicionales”. Basilea no es ninguna excepción. Cada vez más cantones apuestan por esta vía para motivar a los conciudadanos extranjeros a confrontarse más a fondo con las condiciones y las reglas de la vida cotidiana en Suiza.

En principio está todo claro

Los motivos por los que la integración reviste mucha importancia para la Confederación, los cantones y los municipios son obvios. Por una parte se trata de una experiencia común, el hecho de que la contribución de los inmigrantes bien integrados ha sido esencial para la prosperidad del país. Por otra parte hay un amplio consenso en el sentido de que sin integración, la vida cotidiana, por ejemplo en la escuela, es más difícil. Pero la integración es, sobre todo, un mandato jurídico. La Ley Suiza de Extranjería señala por qué: se trata de esforzarse por posibilitar la “convivencia de las poblaciones autóctona y extranjera basándose en los valores de la Constitución Federal y el respeto y la tolerancia recíprocos”. Pero la Ley también prescribe cómo: la integración sólo se logra con el apoyo de la población autóctona. No sólo se requiere la voluntad de los inmigrantes, sino en la misma medida “la apertura de la población suiza”.

Cambio de ambiente

Los escasos conocimientos lingüísticos de ese albañil llamado Enver tienen una ventaja: no se da cuenta tan directamente de la gran controversia en los debates actuales sobre la futura orientación de la política suiza de integración. Y si bien esos debates están básicamente dominados por la palabra clave inmigración, la lucha por aplicar la iniciativa contra la inmigración masiva, aprobada por el pueblo el 9 de febrero de 2014, también transforma el ambiente para los que ya están aquí. El caso es que el Consejo Federal quiso enmendar la Ley de Extranjería ya mucho antes de la Iniciativa, para reforzar la base del fomento vinculado a ciertas exigencias. Pero el mayor partido político del país, la UDC, se opone a que el Estado siga interviniendo. Este partido, que lleva la batuta en materia de política de extranjería, adopta una postura apodíctica en su texto sobre el tema de la integración: “La integración no es una tarea estatal, sino básicamente obligación de los inmigrantes – una consecuencia de su decisión de elegir Suiza como lugar de residencia y trabajo”. Y en breves palabras, la UDC constata: “La integración no es un autoservicio”. Así pues, la integración es por un lado un acto mutuo y por otro un deber privado: las posiciones están muy enfrentadas, tanto que no está nada claro adónde conducirá todo esto.

Tras la ruptura, el endurecimiento

Los que acompañan a los extranjeros en sus esfuerzos por integrarse consideran la decisión sobre la iniciativa popular del 9 de febrero de 2014 como una brusca ruptura. Heidi Mück del “Foro para la Integración de los Migrantes” (FIMM), la Coordinadora de las Organizaciones de Migrantes en Suiza, habla de un retroceso: “Muchos de los extranjeros que viven aquí deducen de esta decisión popular que ya no son bienvenidos”. En la política de integración y sus metas propiamente dichas, “conceder a los que viven, trabajan y pagan impuestos aquí la mayor participación posible”, rigen hoy en día “requisitos mucho más duros”, dice Mück. Y añade que, actualmente, Suiza está lejos de llevar a cabo un debate objetivo sobre el tema de la integración. Como prueba menciona la creciente desinhibición de los medios. Y opina que con generalizaciones, como por ejemplo las referentes a los “kosovares locos al volante” – se consolidan y respaldan los prejuicios. La mayor preocupación de Mück es que “también en los debates políticos el tono es más agresivo. Tópicos como “falso refugiado” o “estafadores que reciben ayuda social” se están incorporando al vocabulario de los políticos nacionales”.

Continúa el cambio demográfico

Mientras Enver trabaja arduamente para aprender alemán y los políticos forcejean por encontrar soluciones para la inmigración y la integración, las transformaciones demográficas siguen avanzando en Suiza. El viraje es considerable. El número de personas que han salido del país es elevado: en 2013 fueron 78.000. Pero el número de inmigrantes es a todas luces aún más elevado: 167.000. A fin de cuentas el saldo migratorio es notable, pero las cifras de inmigración son claramente inferiores a las de los años 60, cuando llegaron a afluir al país hasta 210.000 personas (en 1962), entre ellos muchos italianos deseosos de trabajar. A los especialistas en integración les gusta mencionar este ejemplo como prueba de la gran capacidad de integración de Suiza. La prueba actual de esta capacidad es, opinan, que la inmensa mayoría de los 1,8 millones de extranjeros que viven en Suiza se han incorporado a la vida social sin dificultades dignas de mencionar.

Terreno fértil para polémicas

El problema es que no todos los extranjeros están sometidos a las mismas exigencias de integración. Y esta diferenciación da paso a agravios comparativos. Así pues, teóricamente es posible obligar a los ciudadanos de la UE residentes en Suiza a firmar un acuerdo de integración – como al kosovar Enver. Pero en la práctica no se hace. Y la exigencia de que quien reside aquí no puede vivir en un mundo paralelo y por tanto debe entenderse en una lengua nacional no rige para todos: a los adinerados expertos que hablan exclusivamente en inglés y viven – por ejemplo en la economía financiera – en un mundo paralelo completamente desvinculado de las tertulias suizas, no se les molesta exigiéndoles que se integren. Luego hay otros que quieren integrarse, pero cuya integración es extremadamente controvertida en opinión de la mayoría de la población. Hablamos de las quizá 100.000 personas indocumentadas que viven en Suiza, los sin papeles, gente que, en parte, vive y trabaja en Suiza desde hace decenios. Y como no tienen permiso de residencia, a menudo son explotados. Los partidos de izquierda y las organizaciones de defensa de los derechos humanos luchan sin cejar por legalizar su condición. Al otro extremo del espectro político, tales asuntos suscitan un auténtico pavor: “La banalización de la problemática de los sin papeles por parte de la mayoría de los de centro-izquierda y la advertencia de que se trata supuestamente de derechos fundamentales están minando la política de extranjería en Suiza”, dice la UDC, que sencillamente exige que “los que residan ilegalmente en Suiza salgan del país”.

El ejemplo de la religión

¿Merecen ser respetados los extranjeros que han demostrado querer integrarse? ¿O se necesita respeto para que ellos puedan mostrar su voluntad de integrarse? Este planteamiento se repite una y otra vez y queda especialmente patente en la relación de Suiza con los cerca de 400.000 musulmanes residentes en nuestro país. Actualmente, la propuesta de sopesar el reconocimiento de las comunidades religiosas musulmanas porque de este modo se mejoraría la integración de los jóvenes musulmanes y se podría evitar la formación de una sociedad paralela, no cuenta con la aprobación de una mayoría. Por eso, los musulmanes no sólo están sometidos a la presión de adaptarse, sino asimismo a justificarse. Alumnos de una escuela secundaria de Niederhasli, en el cantón de Zúrich, explicaron recientemente su situación en un reportaje de la Radio de la Suiza Alemana (SRF): continuamente tenían que disculparse por los delitos cometidos por terroristas, por más que se sintiera tan horrorizados y conmocionados por ellos como sus amigos no musulmanes.

En la inmensa gama de emociones, desde la marginación a las exigencias del entorno para que se adapten, la integración de los musulmanes en Suiza ha ido empeorando en el curso del último decenio, o al menos eso es lo que se desprende de la estadística de matrimonios de la Confederación. En 2001 todavía la mitad de los musulmanes se casaba con alguien de otra comunidad religiosa, y los matrimonios mixtos se solían considerar expresión de un sano intercambio entre círculos culturales. Doce años después, en 2013, los matrimonios entre musulmanes y fieles de otras comunidades religiosas eran una excepción. Más del 80% se casaban dentro de sus propios círculos religiosos. El sociólogo de origen iraní Farhad Afshar opina que las razones hay que buscarlas en el persistente escepticismo de la mayoría de la sociedad frente a los musulmanes. Lo mismo opina la Conferencia Episcopal Suiza.

La compleja cartera de Sommaruga

“La cartera de la inmigración es muy compleja, y la presión es considerable.” Esta es la conclusión de la Presidenta de la Confederación y Ministra de Justicia, Simonetta Sommaruga (PS) un año después de la aprobación de la iniciativa contra la inmigración masiva. El conflicto con la UE sobre la reducción de la inmigración exigida por el pueblo suizo sigue en pie. Y pese a las incertidumbres, la Ministra de Justicia dice claramente que la nueva reglamentación de la inmigración no puede plantear un nuevo problema de integración. Y es particularmente contraria a volver a contratar mano de obra sin ofrecerles la posibilidad de la reunificación familiar: “El Consejo Federal no quiere trabajadores estacionales. Teníamos un estatuto de los trabajadores estacionales con repercusiones dramáticas que forzaron a mujeres y niños a esconderse durante años”. Pero la Ministra de Justicia no se ve apoyada por la derecha ni por la izquierda en lo referente a la inmigración. El año electoral supone un obstáculo: Los debates políticos son cada vez más acalorados, y la voluntad política para llegar a un consenso desciende.

¿Encajar o adaptarse?

También los confrontados a diario con cuestiones concretas de integración tienen que escudarse bien. La representante del FIMM, Heidi Mück, parte de la base “de que seguirá habiendo luchas defensivas por los derechos fundamentales”. Y opina que uno de los conflictos persistentes se debe a que muchos hablan de integración – es decir de encajar en una sociedad – pero quieren decir asimilación – es decir, adaptación. Pero si aumenta la presión sobre los extranjeros para que no solamente encajen y se incorporen a la sociedad sino para que se adapten hasta renunciar a su identidad cultural, la cuestión se torna compleja: “Si la meta es la adaptación, hay que preguntarse: ¿Adaptación a quién? Y es que “el suizo” es un ser muy heterogéneo. No conocemos al suizo medio”. El zuriqués Andreas Cassee, filósofo y ético de la migración, lo dice aún más claramente: en la mayoría de los países europeos ya no existe una “cultura homogénea” a la que se pueda exigir que se adapten los extranjeros: “Una católica de un apartado valle del Valais tiene poco en común con un “hipster” de Zúrich, que siempre sigue las últimas tendencias”. Y cuando a los extranjeros se les reprocha falta de voluntad para integrarse, en realidad se trata a menudo mucho más de una expresión de descontento por la decreciente aceptación de la propia nostalgia, dice Cassee.

En cada obra también hay gente con sentido práctico que se pone a trabajar pragmáticamente sin politizar mucho. También lo nota el trabajador Enver al que se desea integrar, y al que las instituciones han obligado a aprender de una vez por todas alemán. Avanza mucho, porque no solamente asiste al curso obligatorio. Su jefe le enseña además el idioma, durante el trabajo. “Alemán en la obra” se llama este proyecto piloto dirigido por la Sociedad Suiza de Empresas de Construcción (SSEC). Para la Sociedad, esta acción es comprensible, considerando que el ramo de la construcción emplea a una cifra de trabajadores con otras lenguas maternas muy superior a la media en otros sectores, dice Matthias Engel, de la SSEC. Y los contratistas abren de golpe una nueva puerta: en Sursee, cantón de Lucerna, se ofrecerá por primera vez a los asilados reconocidos y a los acogidos temporalmente una formación profesional de un año, lo que les permitirá hacer después un aprendizaje como albañiles – y contribuir al futuro de Suiza.

También contribuye al cambio Elizabeth Okisai, de 19 años, que acaba de empezar su aprendizaje en técnicas de automoción en la Empresa de Transportes Públicos de Zúrich. ¿Por qué mencionar este hecho? Esta joven keniana, que de niña vivió en la calle, será la primera sin papeles que podrá hacer un aprendizaje profesional en el cantón de Zúrich. Su caso es representativo del progresivo contramovimiento: antes, los asilados, los acogidos temporalmente y los sin papeles en el umbral de la edad adulta estaban condenados a la inactividad total. Pero quien no tiene permiso para hacer nada no se puede integrar ni puede ser integrado.

La limitación fuerza a una mayor integración

Eleonore Wettstein, Directora de la Oficina de Información para la Integración del cantón de Basilea tiende a considerar que la “obra de la integración” también es una oportunidad, en vista de tales tendencias. Si se limita la inmigración pero se exige más a los que ya viven aquí, se facilita asimismo el “desarrollo positivo que supone que la Confederación se esfuerce más en incorporar a los asilados a la vida laboral, sobre todo en el sector sanitario, en la construcción y la hostelería”. Wettstein dice: “A menudo se explotaba a los asilados por su insuficiente conocimiento del alemán o bien se los condenaba a no hacer nada”. Ahora se les ofrece la posibilidad de hacer cursos de formación profesional o perfeccionamiento. Y como lo más probable es que esta gente de todas formas se quede en Suiza, ésta es una medida “muy inteligente”, porque al mismo tiempo son “futuros suizos”.

Marc Lettau es redactor de “panorama suizo”

Suiza, reino de los flujos migratorios

Desde hace siglos, Suiza registra una gran actividad de flujos migratorios. Una gran ola migratoria condujo ya en el siglo XVI a un aumento de la población. A finales del siglo XVII inmigraron varias decenas de miles de asilados religiosos (protestantes) de Francia a la Suiza de entonces. También la Revolución Francesa dio paso a un flujo migratorio hacia el Este. Sin embargo, el siglo XIX se caracterizó por un éxodo de una década: los suizos dejaban su país. A finales del siglo XIX se registró por primera vez una intensa ola de inmigración, por la creciente necesidad de la economía suiza de mano de obra. Hasta 1920 el porcentaje de extranjeros se disparó hasta casi un 15%. Entonces, la mayoría de los inmigrantes eran alemanes.

top