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Suiza-China: una relación de beneficio mutuo... y de mutuo enfado

01.04.2022 – Eveline Rutz

L as relaciones bilaterales entre Suiza y China se remontan a 1950. Sin embargo, la relación de nuestro pequeño Estado democrático con la gran potencia comunista se complica por momentos. Y es probable que la tensión vaya en aumento, ya que a raíz del endurecimiento de las relaciones internacionales se incrementan las presiones para que Suiza adopte una postura clara e inequívoca.

La reacción de China fue inmediata: “Suiza no debe inmiscuirse en los asuntos internos del país”, declaró en marzo de 2021 Wang Shiting, Embajador de China en Berna; habló de “acusaciones sin fundamento” y “noticias falsas”. Pocos días antes, el Ministro de Asuntos Exteriores, Ignazio Cassis, había presentado ante el Consejo Federal la estrategia a adoptar respecto a China, poniendo también sobre la mesa la situación de los derechos humanos y el trato que el régimen chino depara a las minorías. Expresándose con inusitada contundencia, Cassis denunció la existencia de “tendencias cada vez más autoritarias”. Wang Shiting reaccionó de inmediato, acusando públicamente a ciertos suizos de concitar la confrontación ideológica: “Esto no contribuye al avance de nuestras relaciones”.

Un acercamiento precoz

Los contactos entre Suiza y China gozan de larga tradición, son complejos y multifacéticos. Suiza fue uno de los primeros países occidentales en reconocer la República Popular maoísta en 1950, y desde los años 1980 mantiene un amplio intercambio bilateral con Pekín. Además, lleva treinta años respaldando proyectos que apuntan a la transferencia de conocimientos y tecnologías: por ejemplo, programas de apoyo al desarrollo, destinados a ayudar a China a mitigar el cambio climático. Por último, desde 1991 existe el llamado “diálogo en torno a los derechos humanos”, en el marco del cual los ministros de asuntos exteriores de ambos países sostienen una reunión anual para examinar la situación de los derechos humanos en China. Sin embargo, debido a que el Gobierno suizo se ha sumado a la crítica internacional desencadenada por la precaria situación de los uigures en Xinjiang, este diálogo se encuentra suspendido desde 2019.

Suiza, uno de los principales países exportadores

Las relaciones económicas siempre han tenido gran relevancia. Muy ilustrativo al respecto es el caso de Schindler: esta fábrica de ascensores y escaleras mecánicas de Lucerna fue la primera compañía industrial occidental que creó una joint venture con China, en 1980. Hoy en día cuenta con seis plantas en China, aprovecha el boom de la construcción en las metrópolis chinas y participa en numerosas obras arquitectónicas de prestigio. En la actualidad, China es el tercer país más importante para las exportaciones helvéticas, tras la vecina Alemania y los Estados Unidos. Suiza fue el primer país de Europa continental que firmó un acuerdo de libre comercio con la gran potencia asiática. El tratado, que entró en vigor en 2014, le aporta ventajas competitivas: las empresas suizas no solo disfrutan de un acceso simplificado al mercado chino, sino que exportan sin aranceles o con tarifas reducidas.

Schindler, empresa lucernense que fabrica ascensores, fue la primera compañía industrial occidental en crear una joint venture con China, en 1980; actualmente sigue beneficiándose del boom de la construcción en las metrópolis chinas. Foto iStock

¿En qué le beneficia Suiza a China?

Ambas partes están orgullosas del carácter pionero de sus relaciones bilaterales. El Gobierno suizo considera que su papel consiste en tender puentes. Apuesta por un “diálogo crítico y constructivo” y mantiene una actitud reservada en materia de crítica pública o de sanciones. Pretende impulsar mejoras a través de su colaboración con el país asiático. Para el Gobierno chino, esta cooperación en los más diversos ámbitos resulta interesante a nivel político: considera nuestro pequeño país neutral como un lazo –y una puerta de entrada– a Europa. Ambos países mantienen un constante diálogo político en el más alto nivel, lo que en ocasiones ha sido motivo de disgusto. Muchos suizos recuerdan la visita de Jiang Zemin en 1999, cuando simpatizantes tibetanos, acogiéndose a un derecho democrático muy arraigado en Suiza, se manifestaran en el centro de Berna: esto irritó al dirigente chino, quien hizo esperar al Gobierno suizo y acortó la recepción oficial, sin ocultar su enojo. Posteriormente, cuando Ruth Dreifuss, entonces Presidenta de la Confederación, abordó el tema de los derechos humanos, la situación se agudizó aún más. Zemin terminó declarando: “Han perdido a un amigo”.

El régimen controla su imagen

Las manifestaciones de enojo no solo son palpables en la arena política: las compras de empresas e inmuebles, así como las inversiones chinas en el fútbol helvético, causan malestar en Suiza. Como ningún otro Gobierno, el Partido Comunista de China (PCCh) intenta controlar la manera como se le percibe en el extranjero: en Suiza, invierte cuantiosos recursos para observar sistemáticamente los debates en torno a la República Popular que ocurren en la diáspora, en las instituciones de enseñanza, en los círculos económicos, así como en el ámbito cultural. También hay representantes del PCCh que participan en actos públicos: en la Universidad de Zúrich, por ejemplo, causaron revuelo al sacar la cámara cuando se hicieron preguntas que a su juicio eran inapropiadas.

“El tema de la autocensura se plantea para todos aquellos investigadores que trabajan en el ámbito de los regímenes autoritarios”.

Ralph Weber

Catedrático del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Basilea

Asimismo, la Embajada china de Berna intervino cuando estudiantes de la Escuela Superior de las Artes de Zúrich rodaron una película sobre las protestas en Hong Kong. También fue muy sonado el caso de un estudiante de doctorado de la Universidad de San Galo (HSG): en 2021, su profesora le dio la espalda porque había criticado al Gobierno chino en Twitter; tras una breve estancia en una universidad china, el estudiante intentó en vano matricularse de nueva cuenta en la HSG. Para poner fin al conflicto, el alumno tuvo que cambiar de carrera, tras tres años de investigación doctoral. La HSG, que desarrolla programas de intercambio y proyectos de formación e investigación con universidades chinas, ha anunciado entretanto que se expone a riesgos tales como la transferencia incontrolada de conocimientos o la autocensura.

Autocensura en el campo de la investigación

Ralph Weber, Catedrático del Instituto de Estudios Europeos de la Universidad de Basilea, sitúa estos incidentes dentro de una perspectiva más amplia. Se trata, afirma Weber, de un problema estructural que afecta a muchas universidades europeas. “El tema de la autocensura se plantea para todos aquellos investigadores que trabajan en el ámbito de los regímenes autoritarios”. La actitud de China desafía a las instituciones de enseñanza, y también cada vez más a las empresas y a los políticos. El politólogo ha estudiado cómo el Gobierno chino afianza su influencia en Suiza. “Los esfuerzos del partido estatal chino son sistemáticos”, afirma Weber, pues este dispone de una intrincada red de asociaciones y organi-zaciones conchabadas con agentes locales. “Así es como intenta grabar sus mensajes en nuestras mentes”.

El renombrado artista disidente Ai Weiwei ya no dispone de cuenta en Credit Suisse. Según los críticos, porque el gran banco quiso ahorrarse un disgusto con el régimen chino. Foto: Keystone

Cualquiera que tenga negocios en China debe tratar con el Partido Comunista. ¿Hasta dónde conviene hacerle concesiones? Este punto estuvo a debate el año pasado, cuando Credit Suisse canceló una cuenta de Ai Weiwei, artista chino crítico con el régimen: el banco alegó que le faltaban documentos. Sin embargo, las voces críticas apuntaron que, en su afán por afianzar su posición en el mercado asiático, Credit Suisse no quiso enojar a las autoridades chinas.

Se han desvanecido las esperanzas

El intercambio bilateral con el “Reino del Medio” está, desde entonces, en la cuerda floja. Los partidos de izquierda y las organizaciones de la sociedad civil se niegan a colaborar con un régimen que “reprime las minorías”, tal y como lo declara la Confederación. Llevan años denunciando la represión que ejerce el Estado unipartidista contra cualquiera que piense de manera distinta: tibetanos, uigures y habitantes de Hong Kong. Últimamente se han intensificado la crítica y el llamamiento a una actitud más dura. En las cámaras helvéticas han aumentado los votos de censura.

Portada: El caricaturista Max Spring dibuja para “Panorama suizo”

En otoño, el Parlamento deliberó para saber si convenía añadir al acuerdo de libre comercio un capítulo sobre derechos humanos y sociales. “Por desgracia, se han desvanecido las esperanzas de que la apertura económica trajera consigo avances en materia de democracia y derechos humanos”, afirmó el Consejero Nacional verde liberal Roland Fischer (LU), para quien el diálogo sobre derechos humanos, que Suiza sostuvo con China durante décadas, ha servido de poco. A este respecto, el Consejero Federal Guy Parmelin opinó que sería contraproducente exigir cláusulas vinculantes: “Esto nos llevaría a una situación de bloqueo”, advirtió. “Además, se cerrarían las puertas del diálogo con China en torno a todos estos importantes temas”.

¿Pragmatismo u oportunismo?

“Suiza desea tender puentes, aprovechar oportunidades y debatir abiertamente los problemas”: así reza la nueva estrategia del Consejo Federal, que de esta manera pretende dotar sus relaciones multifacéticas de un marco convincente y realista; el Consejo sigue apostando por una política independiente frente a China y subraya su postura neutral.

Al mismo tiempo, desea comprometerse a incorporar a China al “orden internacional liberal y a la gestión de los desafíos globales”. Solo que “la estrategia es, en este punto, ambigua”, afirma Ralph Weber: no queda claro cómo pretende lograrlo concretamente. Se trata de un conflicto con el que Suiza lleva décadas lidiando, “desde que –por motivos muy comprensibles– nuestro país decidió negociar con un régimen autoritario, sin dejar de seguir fiel a sus valores”. Suiza, afirma el politólogo, ha optado por una vía pragmática, aunque hay quien la considera oportunista.

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Aumentan las presiones

Es cierto que a Suiza le resulta cada vez más difícil justificar su postura neutral. El afán de China por acrecentar su influencia en el mundo suscita un rechazo generalizado. Estados Unidos endureció considerablemente su discurso bajo Donald Trump y urdió una guerra comercial. Y aunque Joe Biden se muestra más moderado, sigue una estrategia muy clara. En noviembre de 2021 advirtió al jefe de Estado chino Xi Jinping del riesgo de una confrontación. La competencia económica no debe degenerar en conflicto, declaró el Presidente estadounidense en una reunión virtual, y agregó que todos los países deben acatar las mismas reglas del juego.

El año pasado, la UE impuso sanciones a los responsables chinos, para protestar contra los “arrestos arbitrarios” de uigures en Xinjiang. Pekín reaccionó de inmediato, adoptando medidas en contra de parlamentarios y científicos europeos. El régimen chino también reaccionó con contrasanciones cuando afloraron las críticas sobre su gestión de la pandemia del coronavirus. Así, limitó el comercio con Australia después de que este país respaldara la demanda de investigar los orígenes de la pandemia.

“China divide la opinión mundial al menos desde la pandemia”, afirma el Servicio Federal de Inteligencia suizo en su informe de 2020, en el que sostiene que la imagen de China se ha deteriorado. En su análisis, el servicio de inteligencia también menciona el riesgo de ciberataques y de espionaje por parte de China, que suponen “una grave amenaza para Suiza”. En tales condiciones, está claro que la postura neutral de Suiza ante China está llegando a sus límites.

“Las olimpiadas de verano de 2008 ya dejaron claro que sin una firme presión internacional, la República Popular China no dejará de oprimir a las minorías.”

Christoph Wiedmer

Director de la Asociación para los Pueblos Amenazados

Debate en torno a un boicot diplomático

La postura suiza volvió a dar que hablar con motivo de los Juegos Olímpicos de Invierno, cuando EE. UU., Canadá, el Reino Unido y Australia acordaron un boicot diplomático al que se sumaron varios países europeos. El Consejero Federal de Zúrich, Fabian Molina (PSS) declaró que no se puede aplaudir las competiciones deportivas sin preocuparse por la situación de la población en China. “No es el momento adecuado para elogiar un país en el que hoy por hoy se atenta contra los seres humanos”.

La Confederación más bien debería manifestarse con claridad y renunciar a enviar una delegación oficial. Christoph Wiedmer, Director de la Asociación para los Pueblos Amenazados, también se pronunció a favor de un boicot. Para lograr mejoras, se requiere una posición firme, declaró. “Las violaciones de los derechos humanos en el Tíbet y el Turquestán oriental han tomado dimensiones escandalosas. Las olimpiadas de verano de 2008 ya dejaron claro que sin una firme presión internacional, la República Popular China no dejará de oprimir a las minorías”, aseguró Wiedmer.

Ante tal demanda, el Consejo Federal reaccionó en forma timorata. Finalmente comunicó que sería “apropiado” que un representante del Gobierno acudiera a la ceremonia de inauguración en Pekín. Sin embargo, se reservó cierto margen de maniobra aludiendo a la pandemia. Su portavoz declaró: “Si el coronavirus obliga a todos los consejeros federales a permanecer en Suiza, el viaje se cancelará”. A finales de enero, el Consejo Federal decidió no acudir al magno evento.

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