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  • Reportaje

Mürren | Vivir al borde del precipicio

17.07.2026 – Dölf Barben

Encaramado al borde de un vertiginoso precipicio, el pueblo de Mürren (cantón de Berna) es la meca del salto base y cuenta con el teleférico más empinado del mundo. ¿Cómo es la vida en este pueblo en la que se dan cita los extremos?

¿Más alto, más apartado, más rápido, más bonito? En busca de los récords suizos más originales. Hoy: Mürren, el pueblo donde se reúnen los extremos.

En pleno centro de Mürren hay un rinconcito donde a los turistas les gusta detenerse para sacar fotos. Hoy también es el caso: una joven se echa primero la larga melena hacia delante y luego hacia atrás, con una sonrisa radiante ante un imponente telón de fondo. Su amiga la enfoca con el móvil. Por un lado se acerca una madre con su hijo pequeño: “Ten cuidado”, le dice al niño, “aquí no hay barandilla”.

Quizá la advertencia sea excesiva, porque aquí el niño no corre peligro. Desde este mirador, un sendero desciende por una pradera escarpada. Un centenar de metros más abajo se llega a una valla de listones con un pequeño portal.

Ahí está el borde del acantilado. El portal está abierto. Al otro lado de la valla se encuentra una de las plataformas de salto que utilizan los intrépidos base jumpers para lanzarse al vacío desde los peñascos, antes de aterrizar en paracaídas en el fondo del valle.

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Si uno se agarra a la valla con una mano y asoma la cabeza, puede echar un vistazo al abismo: aparcamientos, carreteras, casas y automóviles en las cercanías de la estación inferior del teleférico parecen irrealmente diminutos. Todo es increíblemente pequeño y, sin embargo, aterradoramente cercano.

Un teleférico que atraviesa el tejado

Mürren se encuentra en el valle de Lauterbrunnen, a corta distancia de Interlaken. El pueblo se alza sobre un acantilado vertical, que en algunos puntos sobresale en voladizo. Al menos en Suiza, no debe de haber ninguna otra localidad con una exposición tan extrema al vacío.

El teleférico del Schilthorn es el más empinado del mundo: pareciera que las cabinas atraviesan el tejado de la estación para subir hasta Mürren. Foto Dölf Barben

Lo extraordinario de esta ubicación queda patente en su nuevo teleférico, el más empinado del mundo. Cuando arranca, parece que a uno lo están tirando hacia arriba por el pelo. En los teleféricos convencionales, las cabinas salen de la estación del valle por la parte delantera; pero aquí, parecen abandonar el edificio a través del tejado.

Los cables portantes apuntan hacia arriba, como la aguja de un reloj que marca las once. La pendiente máxima alcanza un 159,4 %. Durante el trayecto, uno permanece pegado a la ventana, contemplando las peñas desnudas. De vez en cuando, alguna cascada se precipita hacia el fondo del valle. El teleférico salva 775 metros de desnivel en apenas cuatro minutos.

James Bond en el restaurante giratorio

Unos hermosos carteles antiguos celebran la espectacular ubicación de Mürren, jugando con esa sensación de vértigo: una diminuta aldea bañada por el sol, suspendida sobre un oscuro despeñadero.

Para los lugareños, el abismo no parece ser motivo de especial preocupación. Describen “su” Mürren como el lugar más bello del mundo, evocan la tranquilidad que reina en sus calles sin coches, la gloriosa historia del turismo, el restaurante giratorio Piz Gloria en la cima del Schilthorn. Y, por supuesto, hablan de James Bond: en esta cima se rodó uno de los episodios de la saga “Al servicio secreto de Su Majestad”, la película que contribuyó a consolidar la fama mundial de Mürren. Pero del precipicio no habla nadie. Tendremos que insistir.

Nos dirigimos, por ejemplo, a Kurt Huggler, de 81 años. Creció en Mürren, fue esquiador de competición, hotelero y director de una agencia de turismo. “Sí”, admite. “De chicos solíamos ir por allá muy a menudo”. Los niños lanzaban objetos al vacío, recogían flores raras o se sentaban al borde para contemplar el abismo. Por supuesto, no todo lo contaban a sus padres. Y cuando Kurt Huggler nos menciona el reto que a veces se proponían los chicos, no podemos menos que reprimir un estremecimiento de terror: se trataba de jugar al “cerdo colgado”, es decir, de colgarse cabeza abajo atando los pies a un tronco que sobresalía sobre el precipicio.

Kurt Huggler nos tranquiliza: “Nunca pasó nada”. Quizá esto se debiera también a las advertencias de los padres. Estos contaban a los niños pequeños que en las rocas vivía un hombrecillo malvado, que con su gancho quería arrastrar a las chicas y a los chicos al abismo para devorárselos.

Al escuchar a Huggler, uno empieza a comprenderlo: tiene una relación con el riesgo como solo los montañeros pueden tenerla. Huggler pasó gran parte de su vida escalando cumbres, pero advierte: “Jamás recorrería una ruta difícil sin asegurarme”. Esta mentalidad precavida explica también lo que piensa del salto base. Los habitantes de montaña son plenamente conscientes de los peligros; las familias dependen de todos y de cada uno de sus miembros, afirma. “No puedes permitirte caer al vacío y morir”.

El propio Huggler rompe a reír cuando se le viene a la mente otro recuerdo, mucho menos heroico, de su convivencia con el abismo: “Antes tirábamos la basura directamente por el acantilado”. En aquella época apenas existía el plástico y tampoco había residuos orgánicos: “Los dábamos de comer a los cerdos”. Lo que acababa despeñándose eran las latas de conservas vacías, todo tipo de objetos voluminosos y, en una ocasión, incluso media máquina para hacer helados de un hotel. “¡Aquello fue todo un espectáculo!”, se acuerda. Los desperdicios no llegaban hasta el fondo del valle; quedaban atrapados en una cornisa rocosa y más tarde se cubrieron con tierra. Huggler dice con una sonrisa: “Habría que excavar allí alguna vez. Se descubriría mucho sobre la historia de Mürren”.

Sven von Arx llegó a Mürren hace seis años y sigue fascinado por la ubicación del pueblo. Foto Dölf Barben

“Esto hay que verlo”

Cuando Sven von Arx, técnico de mantenimiento de edificios y concejal del ayuntamiento, llegó a Mürren hace seis años, quedó maravillado por la belleza y el entorno de este lugar. “Hasta el día de hoy no he salido de mi asombro”, dice el treintañero. Al principio, se preguntaba cómo se les había ocurrido a los primeros habitantes establecerse aquí arriba.

Entretanto, se ha acostumbrado a esta ubicación fuera de lo común. Algo parecido le ocurrió con el parapente, un deporte que practicó durante un tiempo. Cuando se lanzó por primera vez desde lo alto de la pared y se dio cuenta del inmenso vacío que había debajo de él, le invadió una terrible angustia. “Pero después de cuarenta vuelos, uno se acostumbra”.

Lo mismo le ha ocurrido con el teleférico. El trayecto es espectacular. Pero hace tiempo que Sven von Arx ya no se queda junto a la ventana en la cabina: “Eso ya solo lo hacen los turistas”.

Aun así, sigue fascinando por el borde del acantilado. Cuando vienen amigos de visita, suele llevarlos a la vía ferrata, un recorrido asegurado con cables a lo largo de todo el tramo que desciende por la pared del acantilado. “Es algo que hay que ver al menos una vez en la vida”, afirma. La vía ferrata pasa junto a una de las plataformas que utilizan los base jumpers. Von Arx piensa lo mismo que Kurt Huggler, nacido y criado en las montañas: “Cuando los veo saltar al vacío, me pregunto: ¿Cómo diablos se les ocurre hacer eso?”

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