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  • Reportaje

Incluso en verano, La Brévine hace honor a su título de “pueblo más frío de Suiza”

16.09.2020 – Stéphane Herzog

Este pueblo de las montañas de Neuchâtel es el lugar habitado más frío de Suiza. Aunque el calentamiento climático derrite la nieve y hace tambalear los récords de frío, La Brévine sigue fascinando a los visitantes.

Llegué a La Brévine el 2 de julio, un día ventoso. El valle del mismo nombre estaba envuelto en un manto de niebla. Al bajar del autobús en la plaza del pueblo, de pronto empecé a tiritar. ¿Estará mi indumentaria veraniega —una camiseta y una chaqueta impermeable— a la altura del clima? El termómetro digital que domina la plaza marcaba 18 grados centígrados. ¡Era el “efecto La Brévine”! Situado algo por encima de los 1 000 metros de altitud en el fondo de una depresión, este municipio de Neuchâtel, en el macizo del Jura, detenta varios récords de frío. Entre otros, la temperatura más baja jamás registrada por MétéoSuisse en una estación local: el 12 de enero de 1987, el termómetro alcanzó los 41,8 grados bajo cero, un récord de frío para un lugar poblado en Suiza. “El frío más intenso llega de madrugada, en el momento en que aparece el sol. Uno espera que se empiece a calentar el ambiente; pero los rayos del sol empujan el frío hacia el suelo”, explica Jean-Maurice Gasser, alcalde de La Brévine.

Quien deambula en verano por las calles de este pequeño pueblo, atravesado por cuatro carreteras, se adentra en el mítico reino del frío. El local comercial que en verano alquila esquís de fondo sobre ruedas, se llama “Siberia Sports”. Un albergue —cerrado en esta temporada— exhibe un letrero que reza: “Loup blanc” [“Lobo blanco”]. Detrás se encuentra la tienda de muebles “Alaska”. Y ahí está “La isba”, un viejo café-restaurante. En realidad, la reputación gélida de este lugar no siempre ha sido del gusto de los vecinos, pues “esta percepción hacía pensar que la gente también era fría, cuando en realidad el frío no cambia nada y nosotros nos dedicamos a nuestros quehaceres”, opina Jean-Daniel Oppliger, dueño del “Hôtel-de-Ville”, un restaurante y hotel nuevo. Oppliger participó en el lanzamiento de la Fiesta del Frío, que se estrenó en 2012, cuando soplaba un viento gélido.

Inviernos menos fríos y temperaturas de 30 grados en verano

El frío que cala los huesos se ha convertido en un argumento de mercadotecnia. “Hemos recibido hasta 5000 visitantes que vinieron de Suiza y Francia para celebrar el frío”, se alegra el alcalde, que ha dirigido el proyecto de renovación y transformación del café-restaurante “Hôtel-de-Ville”. Esta propiedad del ayuntamiento ofrece hoy 27 camas para turistas. Una gran sala en la parte trasera acoge eventos municipales. La Brévine y sus 630 habitantes se encuentran en una situación económica bastante próspera. “Las finanzas están equilibradas”, se alegra Jean-Maurice Gasser; sin embargo, al alcalde le gustaría que su municipio acogiese a nuevos habitantes, porque, de hecho, “se está despoblando lentamente”.

En “Siberia Sports”, Pascal Schneider, quien en verano completa sus ingresos con actividades de carpintería, cuenta con la nieve para echar a andar su negocio. Pero desde hace un tiempo ve pasar los inviernos con resignación, consciente de que han quedado atrás los años con copiosas nevadas, que ofrecían condiciones perfectas para practicar esquí de fondo y andar con raquetas. “El invierno pasado fue prácticamente seco. La gente solamente pudo practicar esquí de fondo en tres o cuatro ocasiones. De los 163 kilómetros de pista que normalmente se ofrecen en el valle, sólo 30 se pudieron trazar”, resume Pascal Schneider, quien, por haber pasado toda su vida en La Brévine, ha observado cómo las temperaturas de la Pequeña Siberia han cambiado completamente. “Cuando yo era niño”, recuerda Pascal Schneider, “las temperaturas podían oscilar durante tres semanas entre –15 y –30 grados. Hoy podemos tener –25 grados en la mañana y dos días más tarde lluvia. En el verano de 2019 tuvimos durante quince días una temperatura de 30 grados.” En 2006, La Brévine registró otro récord: 36 grados.

El frío del clima y el calor de los corazones

Sin embargo, las noches de verano siguen siendo frescas y a partir de mediados de agosto pueden volver las heladas. En cualquier caso, los turistas llegan a La Brévine con el termómetro en mente. “Los visitantes me dicen que no hace tanto frío como pensaban”, relata el dueño del almacén de artículos deportivos. De todos modos, aunque el frío haya disminuido unos grados en invierno, en las partes elevadas del valle, que mide unos veinte kilómetros de largo, el frío hace que el trabajo de los campesinos sea mucho más rudo allí que en otras partes de Suiza. Tal es el caso de Kevin y Grégory Huguenin, quienes empiezan su jornada al lado de sus cien bovinos en Le Cernil, a unos 1200 metros de altitud. A las cinco de la madrugada, tienen que golpear a veces las puertas con una pala para descongelarlas y usar un soplete para calentar los extremos de los tubos de los abrevaderos. “Es una lucha continua contra el frío”, resume Grégory, quien se acuerda del primer invierno en que empezó a trabajar en Le Cernil, con el termómetro que marcaba los 15 grados bajo cero y casi 30 bajo cero en su granja de Le Brouillet. A pesar de ello, o tal vez gracias a ello, los dos jóvenes hermanos, que forman la séptima generación de los Huguenin en el valle, aman su tierra. El calor de los corazones es la respuesta a la dureza de los elementos. “Aquí puedes llamar a cualquier puerta y te invitan a comer”, dice Kevin. “El valle tiene pocos habitantes, alrededor de 1500, pero la gente es muy dada a compartir”, resume su hermano.

Las noches frescas de verano

En verano, el valle y sus tres pueblos, donde sólo La Brévine acumula récords de frío, se transforman en un remanso de sol y de frescura nocturna. A dos kilómetros del pueblo, el Lac de Taillières, que se congela en invierno, ofrece sus aguas pardas a quienes gustan de la tablavela o del kitesurfing. El altiplano se parece a una estepa; es un lugar ideal para los amantes de la caminata; allí existe un sendero bordeado de mojones, que fueron colocados en 1819 para señalar los linderos con Francia. Un paseo histórico ofrece 18 carteles que permiten hacerse una idea de esta tierra de nieve y de frío. En la parada número 13, adonde nos llevó Geneviève Kohler, Presidenta de la Sociedad de embellecimiento local, descubrimos un hermoso edificio habitado por los padres de los hermanos Huguenin. En la casa se esconde una fuente de agua ferruginosa, antaño aprovechada por sus propiedades curativas.

Otra historia relacionada con el agua es la del arroyo del pueblo, llamado Bied: éste desaparece en una especie de embudo natural y resurge en Val-de-Travers. Este embudo se sitúa en medio del pueblo de La Brévine; se parece a un cañón. En 2018 se atascó, provocando una inundación. “La gente tenía 30 centímetros de agua en sus casas”, recuerda el alcalde. Por su parte, el dueño del “Hôtel-de-Ville” considera que éste es uno de los factores que explican el clima siberiano de La Brévine: “En otros valles de la región de Neuchâtel, las aguas siguen su curso en la superficie y se llevan el frío”, opina Jean-Daniel Oppliger. “Pero aquí, el Bied desaparece y el frío se queda.” ¿Será cierta esta explicación? Es un misterio, pero en La Brévine la crudeza del clima necesita por fuerza toda una serie de explicaciones.

Los secretos del frío

El clima gélido de La Brévine obedece a varios factores. Uno de ellos es que el pueblo se encuentra en una depresión cerrada, donde el frío se estanca. Este fenómeno meteorológico, llamado “lago de aire frío”, necesita una alta presión atmosférica, un cielo despejado y que no haya ni viento ni nieve. Cuando esto ocurre, los puertos y las cimas de los alrededores pueden presentar diferencias de temperatura de hasta casi 30 grados con respecto al fondo del valle, como se desprende de un estudio realizado a fines de 2014 por el Instituto de Geografía de la Universidad de Neuchâtel.

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