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  • Reportaje

El lugar más explosivo de Suiza

04.02.2021 – Jürg Steiner

Desde hace más de setenta años se almacenan cerca de Mitholz, en el Oberland bernés, miles de toneladas de municiones de la Segunda Guerra Mundial. De repente se ha decidido retirar este arsenal. Los habitantes tendrán que mudarse. ¿Se convertirá Mitholz en un pueblo fantasma?

Las casas estilo chalé reposan plácidamente bajo el sol invernal que ilumina el angosto fondo del valle rodeado a ambos lados por escarpadas montañas. Con sus doscientas almas, el pueblo de Mitholz se levanta en una terraza plana que domina el valle del Kander. Solo permanece abierta una taberna; todas las tiendas del pueblo ya cerraron hace mucho tiempo.

A muchos habitantes del pueblo, todo esto les parece “irreal, casi una ficción”, afirma el alcalde, Roman Lanz. Foto Danielle Liniger

A través de Mitholz serpentean una línea férrea y una carretera. Esta enlaza con el tren que transporta los coches hasta el Valais, a través del túnel de Lötschberg. El pueblo está expuesto a los caprichos de la naturaleza alpina: desprendimientos, deslizamientos de tierra, inundaciones, avalanchas. “Estamos acostumbrados a los peligros naturales; esto nunca ha sido motivo para irnos”, afirma Roman Lanz, alcalde de Kandergrund, municipio al que pertenece Mitholz.

Pero desde hace dos años, todo el mundo se pregunta si no se ha vuelto demasiado peligroso vivir en Mitholz. Y hay una buena razón para ello: en las profundidades de la roca que domina el pueblo, galerías parcialmente derrumbadas abrigan, desde la Segunda Guerra Mundial, miles de toneladas de municiones, incluidas bombas aéreas de cincuenta kilos cada una.

Los habitantes de Mitholz saben, desde 1947, que la montaña encierra peligro. Ese año, poco antes de Navidad, se produjeron en plena noche tres violentas explosiones en las galerías recién excavadas; llovió grava, y de las entrañas de la montaña salieron disparados aire comprimido, municiones y escombros, ocasionando graves daños al pueblo. Murieron nueve personas. Fue uno de los accidentes más graves en la historia del ejército helvético.

Apenas un año más tarde, los vecinos de Mitholz volvieron a sus casas. Sin embargo, la causa de la explosión hasta ahora no se ha esclarecido, como denuncia el periodista Hans Rudolf Schneider en su libro “Die Schreckensnacht von Mitholz” [“Noche de terror en Mitholz”]. Ello no obstante, un peritaje oficial de fines de los años 1940 determinó que el depósito averiado, en el que hasta la fecha permanecen cubiertas por escombros casi la mitad de las 7 000 toneladas de municiones originales, no presentaba peligro alguno para la población local.

Todo vino a cambiar cuando a los altos mandos militares se les ocurrió instalar un centro informático secreto en las cavernas de Mitholz. En verano de 2018, un nuevo peritaje concluyó que los riesgos derivados del almacenaje de munición eran “inadmisibles” para las carreteras, las casas y la vía férrea (y, por ende, también para las personas). Mitholz pasó a ser de repente el pueblo más explosivo de Suiza.

Al enterarse de estas noticias, en junio de 2018, la población se quedó como atónita, recuerda el alcalde, Roman Lanz. Tuvo que transcurrir un año y medio más para que la Consejera Federal, Viola Amherd, declarara que, a fin de suprimir el peligro, era preciso evacuar los residuos explosivos. Esto supondría una operación muy compleja, con ayuda de robots y sin precedentes a nivel mundial. Sin embargo, el riesgo de una detonación sería tan elevado que, por motivos de seguridad, los casi 170 habitantes de Mitholz deberían abandonar su pueblo durante diez años, a partir de 2031. El coste de la operación ascendería a unos mil millones de francos.

¡Mitholz, un pueblo fantasma! La noticia estalló como una bomba. Su alcalde, quien trabajaba como director del área de carrocerías en una agencia de automóviles, se puso de repente a conceder entrevistas a cadenas de televisión extranjeras y participar en reuniones con Consejeros Federales. Todos hablaban de Mitholz. “Pero cuando platico con los afectados, aquí en el pueblo”, dice Lanz, “todo esto les parece irreal, casi una ficción”. Siguen viviendo tan cerca del depósito de munición como antes.

Solo que ahora les aguarda un futuro incierto, lleno de dudas existenciales. Lanz se encuentra de pie frente al acceso norte del depósito, ahora tapiado con ladrillos, por donde otrora ingresaban los vagones cargados de munición y de explosivos. A unos pasos de allí está el chalé de los Künzi, quienes pastorean su ganado por las laderas que rodean el depósito de munición. Llevan décadas explotando a diario estas parcelas, que ahora se encuentran dentro de la zona roja. Una mudanza con vacas no es fácil. Los Künzi tendrán que empezar de nuevo en otro sitio.

“Desde el exterior, es difícil imaginarse cómo nos han afectado los dos últimos años desde que se dio a conocer el peligro de una explosión.”

Roman Lanz

Alcalde de Kandergrund

El alcalde conversa casi a diario con los habitantes del municipio. Los hay que poco a poco van aceptando la realidad, aunque no pierden la esperanza de que el Estado renuncie a gastar tanto dinero y todo siga como hasta ahora.

Haciendo a un lado las emociones, hay que ver también el aspecto económico: ¿los vecinos percibirán indemnizaciones? ¿Cómo se valuarán sus casas, suponiendo que éstas se devuelvan a sus antiguos dueños después de haber sido ocupadas por el ejército durante la evacuación y haber permanecido vacías durante años?

Pero obviamente, cabe preguntarse por qué se almacenó tanta munición peligrosa a un paso de las viviendas de Mitholz. “El depósito de Mitholz, accesible por ferrocarril, poseía una ubicación ideal para la estrategia de Reducto Nacional que adoptó Suiza en la Segunda Guerra Mundial”, cuenta el historiador Rudolf Jaun, Profesor Emérito de la Academia Militar de la ETH Zúrich. En el verano de 1940, el general Henri Guisan decidió trasladar el grueso de sus tropas al corazón de los Alpes para poder librar allí la batalla decisiva, tras unos combates dilatorios en la meseta suiza. La munición se almacenó en varios grandes arsenales secretos como el de Mitholz, el que habría abastecido el frente sur, en el Valais.

Pero esto nunca ocurrió. Desde las cavernas de Mitholz no se disparó un solo tiro. Al contrario, las galerías se usaron después de la guerra como depósito de residuos y se llenaron con las municiones sobrantes de las tropas. Como consecuencia, el depósito de Mitholz, construido antes de la guerra para proteger a la población, se convirtió paradójicamente en una bomba de relojería.

Para comprender esta evolución, explica el historiador militar, no debe perderse de vista que ha cambiado la manera como la sociedad percibe el ejército: “En aquel entonces no se cuestionaba, como ahora, la forma de actuar del ejército”. La población aceptaba los riesgos como una necesidad. Así fue como miles de toneladas de munición defectuosa o sobrante fueron sumergidas, a la vista de todos, en los lagos de Thun y de Brienz, y hasta la fecha continúan allí. “Porque, añade Jaun, ésta era la forma más barata de deshacerse de ellas”.

En la actualidad, el agua de estos lagos se analiza periódicamente en busca de sustancias nocivas. El ejército lleva a cabo un costoso programa de saneamiento y, mientras tanto, almacena su munición en depósitos más pequeños, con un alto nivel de seguridad. Solo el búnker derrumbado de Mitholz se pasó por alto, hasta 2018.

Los periodistas de Romandía han preguntado en reiteradas ocasiones a Rudolf Jaun por qué no se sublevan los habitantes del valle del Kander: en la Suiza francófona habría manifestaciones a diario si saliera a la luz un escándalo así. “La mayoría de nosotros opinamos que no se debe postergar más la solución al problema”, comenta Lanz. Los vecinos aceptan el dolor de la evacuación para que la siguiente generación pueda regresar a sus casas de Mitholz sin correr el riesgo de una explosión: “No nos levantaremos horca en ristre contra Berna, siempre que se nos trate correctamente”.

El alcalde de Mitholz se pone a soñar: en un futuro algo lejano, ve su pueblo próspero y rejuvenecido. Se le ocurre que el antiguo depósito de munición podría convertirse en museo. Y debido a su temperatura constante, las cavernas más profundas serían el lugar ideal para la maduración de queso.

JÜRG STEINER es periodista y redactor de «BERNER ZEITUNG»

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