Menu
stage img
  • Reportaje

Aunque el 57,7 % de su población es extranjera, el pueblo de Leysin vive apartado del mundo

03.04.2020 – Stéphane Herzog

El municipio de Leysin posee el más elevado porcentaje de extranjeros en Suiza. Con sus antiguos sanatorios transformados en colegios internacionales, esta localidad constituye un oasis de diversidad cultural.

Esta estación de montaña, unida a la planicie a través de una vía férrea y una carretera, está orientada al sur, por lo que se encuentra protegida de los vientos del norte; sus habitantes son una mezcla de montañeses de pura cepa y de expatriados procedentes de los cuatro rincones del planeta. Algunos de ellos se han establecido definitivamente a 1 300 metros de altitud. Eso es Leysin, un pueblo inscrito en el mapa del mundo en el siglo XIX por emprendedores suizos que intuyeron la posibilidad de hacer negocios con el sol y el aire puro. Fundamentaron la economía local sobre la base de la lucha contra la tuberculosis, levantando hoteles-sanatorios en la escarpada pendiente que domina el pueblo. La penicilina puso fin a esta era. Después de un bache en los años 1950 y 1960, los sanatorios se convirtieron en escuelas privadas.

“Este no es un lugar de paso, el que viene aquí lo hace a propósito”, apunta Christoph Ott, natural del lugar, binacional, que dirige con su hermano la Leysin American School (LAS). Este colegio para hijos de familias acomodadas —100 000 francos de matrícula escolar al año— lo fundaron sus abuelos procedentes de North Dakota. En total, un 25 % de los aproximadamente 4 000 residentes de Leysin son jóvenes extranjeros. Se distribuyen entre los tres grandes colegios internacionales de la estación: la LAS, el colegio japonés Kumon y la Swiss Hotel Management School (SHMS). Para Jean-Daniel Champagnac, Presidente del grupo socialista en el concejo municipal, estos mil estudiantes son “turistas de larga estancia”. Su presencia genera alrededor del 25 % del PIB municipal, calcula el alcalde Jean-Marc Udriot.

Una burbuja para estudiantes

Los alumnos asiáticos, africanos, árabes, rusos y anglosajones apenas se mezclan con la población. Sus colegios lo organizan todo y las salidas al pueblo son limitadas. El alcohol está prohibido a los alumnos de los colegios norteamericano y japonés. El pueblo, que cuenta con dos panaderías y tres supermercados, no ofrece clubes nocturnos. La SHMS sí dispone de uno, pero está reservado a sus 500 alumnos. Los futuros directivos se alojan en el imponente hotel Mont-Blanc. Con sus balcones orientados al sur, concebidos inicialmente para los enfermos de tuberculosis, este hotel en su día también perteneció a Club Méditerranée SA. “Hemos instalado aquí 600 camas para nuestros alumnos. La presencia de otros colegios y la apertura al mundo de Leysin hacen posible esta operación en este pequeño municipio”, recalca Florent Fondez, Director Ejecutivo del Swiss Education Group, que ha comprado este hotel de lujo.

Los de arriba vs. los de abajo

Christoph Ott es consciente de las diferencias que existen entre Le Feydey, la parte de arriba del pueblo, donde a partir de finales del siglo XIX se fueron edificando hoteles-sanatorios, y la parte de abajo, donde vivían 300 personas. Esto era antes de la llegada del tren Vevey-Le Feydey, en 1900. ¡El lugar cuenta hoy con cuatro estaciones y la red ferroviaria se va a desarrollar todavía más! “Nuestro colegio se dedica a tender puentes para superar las divisiones”, señala el director de este establecimiento, cuyas actividades se reparten entre 16 edificios. Miembro del concejo municipal y casado con una polaca, este Doctor en Economía propuso, por ejemplo, a algunos alumnos de su colegio impartir clases de inglés a las personas alojadas en el centro de solicitantes de asilo de Leysin, que acoge a unas sesenta personas. Los jóvenes del colegio echan una mano cuando se organizan festivales en la estación.

El personal de las escuelas privadas también constituye una comunidad algo apartada, conformada en su mitad por docentes: 150 personas de la LAS, 100 de la SHMS y 51 de la de Kumon. En el colegio japonés, los profesores llevan una media de once años en Leysin, algunos incluso más de veinte, indica su Director, John Southworth. Algunos hablan francés con fluidez, otros sólo inglés, “lo cual es algo lamentable”, admite. Este británico, que llegó a Leysin en 1994 y que habla japonés y francés, bromea describiéndose a sí mismo como alguien que está “casado con Kumon”. Su colega, el Director Financiero Riki Okura, tiene dos hijos que asisten a la escuela pública. Esto favorece los contactos con los nativos, incluso si no existe punto de comparación con lo que ha vivido en Estados Unidos, donde lo invitaban a una fiesta una vez por semana. “Los lugareños viven su propia vida, principalmente en familia”, comenta.

Pacientes y descendientes de pacientes

Otra franja del conglomerado social de Leysin la constituyen los pacientes, sus visitantes y sus descendientes. Erica André, una sudafricana que llegó en 2001 a Leysin, se casó con Marc-Henri, un nativo, que es a su vez hijo de otro matrimonio mixto, cuyo padre había venido a curarse de tuberculosis. “La presencia de extranjeros y parejas mixtas ha facilitado mi integración. Jamás me he sentido extranjera”, se alegra esta veterinaria que declara dedicarse, entre otras cosas, al cuidado de los gatos de los docentes japoneses. El Director de la SHMS, el portugués Virgilio Santos, es padre de gemelas que asisten a la escuela del pueblo y hablan con acento local. A esta comunidad mixta hay que sumar los inmigrantes procedentes del sur de Europa.

Este mundo en suspensión entre el cielo y la llanura parece disfrutar de una vida apacible, protegida del ruido y de las tentaciones de la ciudad, pero también de la riqueza ostentosa. A nuestra llegada, un lunes fuera de temporada, la estación parecía estar en plena hibernación. Arriba, los inmuebles son altos y espaciosos. Abajo, el pueblo es denso y con casas de poca altura. “La inmigración es de buena calidad y no tenemos tensiones”, resume el presidente del concejo municipal, Serge Pfister, que da clases en Lausana. El clima de Leysin, considerado sano, al parecer apacigua la vida política. Las sesiones del concejo municipal se desarrollan de manera consensuada, refiere Jean-Daniel Champagnac, un residente oriundo de la vecina Francia.

El derecho a voto de los extranjeros

En un municipio en el que los residentes extranjeros tienen derecho a votar —después de diez años de residencia—, el concejo municipal reúne a elegidos cuyo francés a veces se mezcla con un acento foráneo. ¿Ha cambiado algo en la vida municipal esta presencia cosmopolita? “Es difícil de decir”, admite el presidente del concejo, que asumió su cargo en 2018. Marc-Henri André, un vecino oriundo de Leysin, hubiese preferido que el voto siguiese siendo un derecho reservado a los suizos; sin embargo, este arquitecto considera que el voto de los extranjeros no ha tenido impacto sobre la política local. “Leysin está constituido por pequeñas comunidades que conviven sin que ninguna llegue a ser mayoría. Los suizos por sí solos no son mayoría y por eso bajan un poco la voz. Es así como esto funciona entre la gente.”

57,7 %, el récord nacional de residentes extranjeros

En 2017, el 57,7 % de los 4032 habitantes de Leysin eran extranjeros, mientras que la tasa media de Suiza se situaba en un 25,1 %, según datos de la Oficina Federal de Estadística. Esta cifra supuso un récord nacional. La tasa bajó al 55 % a finales de 2018. En ese año, el municipio contabilizó 100 nacionalidades distintas entre sus residentes, de los cuales 446 eran chinos, 282 franceses, 215 portugueses, 162 japoneses y 135 estadounidenses.

Leysin, el pueblo que uno jamás abandona

“Un pueblo como Leysin no lo hay en ninguna otra parte”: ésta es una frase que se escucha con frecuencia en Leysin. A los residentes les cuesta concretar las razones que explican el atractivo de esta estación alpina. El artista local Nicolas Vaudroz, al que le encanta pasear solo por la nieve, cuenta que este sitio ofrece lugares “que llegan al corazón y en los que sienta bien meditar”. Por su parte, John Southworth, Director del colegio japonés, elogia la seguridad del lugar. A Virgilio Santos, de la SMHS, en cambio, le encanta la calma absoluta que encuentra en su casa. Christoph Ott aprecia la cercanía de la naturaleza y la posibilidad de dejar que sus hijos anden libremente por el pueblo con total seguridad. “El secreto de todo eso”, estima Erica André, “consiste en que los suizos de por aquí han viajado mucho, y esto crea un ambiente de apertura”. A ello han contribuido los jipis, los alpinistas y los mochileros que, en los años 1960 y 1970, solían encontrarse en un albergue que luego se convirtió en lugar de culto a escala mundial: el Club Vagabond.

top