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Alan Roura, o la escuela del mar

07.06.2021 – Stéphane Herzog

El navegante suizo Alan Roura finalizó en enero su segunda Vendée Globe, una vez más como benjamín de esta regata extrema en mar abierto. La carrera profesional de este hijo de hojalatero empezó en una casa flotante amarrada en el puerto de Ginebra.

La casita que le sirve de domicilio a Alan Roura cuando viene a Suiza, se sitúa en lo alto de Versoix, pequeño puerto en el lago Lemán, a dos pasos de una autopista suspendida y un astillero en el que duermen antiguos veleros. Detrás del portal se entrevé un taller donde todo luce perfectamente limpio y ordenado. Georges Roura, padre del navegante ginebrino Alan Roura, trabaja aquí como hojalatero y techador. Bienvenidos a casa de los Roura. En el umbral, Alan Roura, quien volvió a pisar tierra el 11 de febrero, tras 95 jornadas de carrera en alta mar en la Vendée Globe, nos recibe relajado y afable.

Pero ¿cómo empezó toda esta historia? El pequeño Alan pisó un barco desde muy joven, por un motivo muy práctico: sus padres deseaban ahorrar en alquiler para preparar un viaje de altamar. Tenía dos años cuando su padre y su madre Myriam, de quienes Alan es el único hijo común, compraron un barco en el lago para instalarse en él. Amarrado en Port-Noir, en Ginebra, “L’Almyr” medía diez metros de eslora. El pequeño yate acogió a los padres y a los cuatro hijos de esta familia reconstituida. Alan creció frente a la Rada. “Dormíamos los tres niños en una cabina trasera de cuatro metros cuadrados. ¡Era un gran lujo!”, comenta el ginebrino, que nunca ha puesto un pie en un colegio. “No soy un intelectual”, reconoce Alan. Los fines de semana, la familia salía a dar una vuelta por el lago Lemán, como preludio a sus viajes marítimos.

Viviendo en el agua

Al lado de “L’Almyr” se encontraba amarrado “Ludmila”, un velero de 12,5 metros. La familia lo compró y lo arregló. Su destino era Port-Camargue. “Mi padre soñaba con irse. No era un marinero ni un lector de relatos marinos. Mi padre es alguien que vive por sí mismo y no a través de los demás. Se sacó su licencia de navegación. Nosotros lo hemos aprendido todo en el mar.” En el momento de la salida, la familia no disponía de un plan preciso. “Ludmila” llevó a la familia Roura hacia las Antillas, salvo a la hermana mayor que se quedó en Ginebra. El viaje duró un año. El padre enseñaba matemáticas y la madre, francés. Tras cuatro años de viaje, los Roura regresaron por corto tiempo a Europa, antes de volver otra vez al Caribe. Su plan consistía en aprovechar cada escala para trabajar y llenar así la caja de la embarcación.

Trabajando para un magnate en el Caribe

Desde entonces, la familia se desplazó con dos niños a bordo. Navegaba a merced de los vientos y de las ofertas de trabajo. En Venezuela, siete meses de trabajo en un astillero acabaron con un fracaso: no se pagaron los sueldos. Enfilaron rumbo a Martinica, para trabajar en otro astillero. Una llamada telefónica los guio hacia Granada, donde el multimillonario Georges Cohen estaba construyendo un palacio en una isla privada. Georges Roura dirigió un equipo de ocho antillanos, enseñándoles los oficios de techador y hojalatero, que causarían furor en el sitio. A Alan le tocó ser administrador de un pequeño puerto. “Era un trabajo de lameculos”, dice riendo. Los jefes eran agradables. La familia disponía de una casa construida sobre pilotes. Alan tenía 15 años cuando llevó a varos magnates a pescar en aguas profundas, entre ellos a Serge Dassault.

Más adelante, el personal de abordo se reduciría a Georges y Alan, quienes enfilaron con “Ludmila” hacia el Océano Pacífico. El barco tenía 40 años. El piloto automático no funcionaba. Los dos suizos llegaron a Tahití tras 22 días en el mar. “Dormíamos encima del timón.” Alan tenía entonces 17 años.

Alan Roura no se formó en el mundo de la regata, sino en el mar.

Bernard Schopfer

navegante y conocedor de la historia de la vela

Mientras estamos charlando en la cocina, su padre entra repentinamente: un hombre esbelto, con las manos arrugadas, de cabello blanco y de mirada intensa, sonriente y franco. Alan lo describe como “un excelente navegante”. ¿Cuál es su definición de un buen navegante? “Alguien capaz de llegar del punto A al punto B, sin importar la meteorología, y que trae su barco de vuelta en buen estado, sin haber asumido riesgos inútiles”, resume el hijo. Más adelante, padre e hijo evitarían por poco un accidente en el mar, por una avería frente a Nueva Caledonia. Se salvaron gracias a una reparación improvisada en medio de olas de diez metros.

La llamada de la carrera en alta mar

El viaje de los Roura en el “Ludmila” acabaría en Nueva Caledonia. Más tarde, Alan tendría su primera experiencia con la carrera en alta mar. “A diferencia de navegantes suizos como Dominique Wavre, Alan Roura no se formó en el mundo de la regata, sino en el mar”, comenta el ginebrino Bernard Schopfer, navegante y conocedor de la historia de la vela.

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Gracias a su experiencia marina y técnica de primer orden, Roura participó sucesivamente en todos los grandes clásicos: Mini-Fastnet, Mini-Transat, la regata transatlántica Jacques Vabre. Al final de este periplo, el joven se topó con la Vendée Globe –el “Everest de los mares”, como suele decirse– que completaría dos veces siendo el benjamín de los participantes.

La Vendée 2016-2017, en la que acabó en el 12º puesto, fue para él toda una aventura de descubrimiento y placer. En 2021, Alan Roura terminó como 17º tras sufrir dos averías, navegando la mitad del recorrido con una quilla bloqueada en el eje de “La Fabrique”.

Un barco sin ningún confort

“La Fabrique”, segundo buque de este nombre, es un velero del tipo IMOCA construido por el suizo Bernard Stamm en 2007. “Es un barco en el que yo no aguantaría dos días”, comenta Bernard Schopfer. “Mientras todo va bien, es un velero como cualquier otro; pero en cuanto sobreviene un problema, uno se da cuenta de su enorme potencia”, explica Alan. Si el spinnaker cae al agua, hay que contar con hasta seis horas de trabajo para volver a subir a bordo los 400 metros cuadrados de velaje. Con estas velas, cambiar de amura tarda aproximadamente una hora. El barco vibra como una auténtica caja de resonancia. “Su constante movimiento impide que el cuerpo se relaje.” ¿Y el confort? “Un cubo para el baño y una botella que se aprieta para la ducha.” Para un marinero de agua dulce o un aficionado, la velocidad de un IMOCA sería espantosa cuando va alcanzando los 30 nudos o más (60 kilómetros por hora). “Pero aquel que se acostumbra, a los 20 nudos tiene la impresión de avanzar como tortuga.”

Una vez terminada la carrera, Roura y su equipo volvieron al trabajo de inmediato. “Estamos buscando un nuevo patrocinador, a ser posible suizo”, señala Aurélia, la esposa de Alan, que se encarga de las comunicaciones. “La Fabrique” tenía el patrocinio de la marca de panadería homónima radicada en el cantón de Vaud. La Vendée es un proyecto de tiempo completo.

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