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  • Editorial

Un trabajo de altos vuelos

05.08.2022

¿En qué rama se encuentra el trabajo de mayor altura en Suiza? Seguramente no en la política. Entonces, ¿en la banca? ¿En la industria química?

Marc Lettau, redactor jefe

El puesto de máxima altura –en términos geográficos– se encuentra en el Jungfraujoch, a 3 500 metros sobre el nivel del mar. Aquí trabajan todo el año Daniela Bissig y Erich Furrer como conserjes de una estación de investigación situada en medio de las nieves perpetuas. Hicimos una breve visita a los conserjes de más alto standing de la nación.

¡Cómo nos complace que en la cumbre del mundo laboral helvético se encuentren dos conserjes que gozan de una inmejorable vista! Porque el conserje es un personaje clave en la vida de todo suizo. Su incorruptible presencia en la puerta de la escuela ya es parte de nuestra infancia. Y puesto que la mayoría de los suizos y suizas carecen de vivienda propia, para muchos de ellos la relación con el conserje sigue estando muy presente a lo largo de toda su vida. El conserje es dueño y señor de la escalera, vela por el respeto de las normas que rigen la vida en el edificio y la organización de la basura; cuida el cortacésped y el cobertizo de las bicicletas, además de encargarse de devolver a los niños del vecindario los balones que aterrizan en el jardín.

¡Ah! Y esto que hemos mencionado de pasada constituye un caso único en Europa, donde ningún otro país como Suiza cuenta con tantos inquilinos y tan pocos propietarios. Hemos investigado en torno a este fenómeno y hemos descubierto que tanto el paisaje urbano como el día a día, el medio ambiente y la política de este “país de inquilinos” se ven influidos por el hecho de que la mayoría de sus habitantes no poseen una vivienda propia.

Aprovecho este espacio para dirigir un humilde reconocimiento a la mejor conserje que jamás haya conocido y que, dicho sea de paso, nunca permitiría que se le llamara "facility manager" o “gerente de inmueble”. Ella vela con infinita paciencia por la armoniosa convivencia de las seis familias de inquilinos que habitamos el edificio; tiende puentes entre quienes vivimos allí desde siempre y los recién llegados, algunos de los cuales son a veces ruidosos, otros hablan una lengua extranjera; a sus ochenta años sigue limpiando la escalera y saluda amablemente cuando momentos después alguien pisa los peldaños relucientes con sus zapatillas embarradas. ¡Viva mi conserje! Sin ella, la vida en nuestro barrio tendría mucho menos lustre.

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