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  • Editorial

Doble identidad

19.05.2017

Mi apellido revela que tengo raíces extranjeras: Lehtinen es un apellido finlandés, allí tan común como aquí en Suiza Müller o Meier. Nací en Finlandia, mis dos padres proceden de la parte sur de ese país nórdico.

En ocasiones lo percibo en los detalles de la vida cotidiana. Me refiero por ejemplo a las innumerables veces que he tenido que deletrear mi apellido: cuando me preguntan, digo siempre que lo correcto sería pronunciar Lehtinen con una “h” aspirada, y no con una “ch” como en alemán.

En mi infancia no sólo era mi apellido lo que me recordaba que yo no era un “auténtico suizo”. Me acuerdo muy bien cómo participé en el carnaval de Basilea disfrazado de cowboy: era yo el único con ese disfraz y a los basilienses les pareció una verdadera barbaridad. También de pequeño era el peor esquiador de todo mi círculo de amigos. Y alguna que otra vez oía en el patio del recreo: “Die spinnen, die Finnen” (“¡Están locos esos finlandeses!”).

Mis padres me dijeron una vez que al salir de su país habían perdido su lengua y parte de su identidad, que se habían quedado mudos en el más estricto sentido de la palabra. Con el paso de los años su finlandés se fue “oxidando”, sin que por ello llegaran a dominar perfectamente el alemán. Ése no es mi caso: llegué a Suiza cuando era tan pequeño que nadie nota que soy de origen finlandés. Hablo perfectamente el alemán, lo mismo que el finlandés.

Sin embargo, comprendo muy bien esa sensación de desarraigo y confusión que se experimenta al vivir entre dos culturas: ser extranjero, tanto en el país de origen, como en el de adopción. También yo, pese a estar plenamente integrado y tener un pasaporte suizo, sigo siendo “el finlandés”: “Sois gente de pocas palabras, ¿no?” “¡Seguro que bebes mucho!”. Y en mi antigua patria siempre soy “el suizo”. ¡Por supuesto! Tengo un montón de dinero en mi cuenta bancaria y no lo digo a nadie.

Marko Lehtinen, redactor en jefe

De jovencito me sentía apátrida. Hoy veo las cosas de forma distinta: tengo dos patrias; y eso, lejos de ser una carga, constituye una gran riqueza. Mis dos identidades han ampliado mi horizonte, haciéndome más abierto y flexible. Así que hoy no tengo ningún problema para ver las cosas desde dos perspectivas diferentes y sentirme igualmente vinculado a dos países.

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