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  • Noticias del Palacio Federal

Tres personas, tres destinos

19.05.2017

Los testimonios de las víctimas de medidas coercitivas son muy personales y hablan de un profundo sufrimiento que sigue repercutiendo en la vida de los afectados y sus familiares.

Bernadette Gächter cuenta su historia:

“Soy una de esas mujeres que fueron presionadas para abortar y ser esterilizadas por razones eugenésicas. Esto sucedió en 1972, en el cantón de San Galo. Cuando a los 18 años me quedé embarazada involuntariamente, de repente me declararon enferma mental, pese a haber terminado mis estudios en la escuela secundaria. Los médicos, el tutor y los padres de acogida me hicieron creer que padecía una lesión cerebral y que mi bebé también nacería con ella. Me esterilizaron como se esteriliza a una gata para que no tenga gatitos cuatro veces al año. Ya no pude formar una familia, no pude tener hijos. De joven me dolía muchísimo ver a las madres con sus bebés o sus niños. Hoy también siento una gran pena cuando veo a mujeres con sus nietos. Hasta la fecha no tengo sensibilidad en el vientre. Desde hace 30 años lucho por mi derecho a llevar una vida digna pese a todo lo sufrido, para lo que necesito una enorme energía y una fuerza de voluntad inmensa. Conforme a la resolución del Consejo de Europa del 26 de junio de 2013 tengo derecho a percibir una indemnización.”

Alfred Ryter cuenta su historia:

“Debido a una grave y larga enfermedad de mi madre con estancias de años en clínicas, antes de cumplir los ocho años, y supongo que por necesidades económicas, me pusieron a servir en casa de un matrimonio de campesinos sin hijos. Lo mismo hicieron con mis dos hermanos mayores. A partir de ese momento, mi dormitorio consistió en un sofá viejo y mantas de lana viejas en un granero, con pienso y toda clase de herramientas. Cuando me di cuenta de dónde estaba y cómo me trataban, me rebelé, supliqué, lloré, empecé a dar patadas contra la puerta del granero y a lanzar todo por los aires con mucha rabia. Pero no sirvió de nada, ellos eran más fuertes y me sometieron. A partir de entonces acepté el hambre, los golpes y el desprecio. Me daba todo igual. Trabajando me sentía menos mal, así que trabajaba muchas horas y muy duro, pero al menos no estaba encerrado. Desde entonces, el hambre y los dolores fueron mis más fieles compañeros. Cuando el hambre se volvía insoportable, comía pienso para cerdos y gallinas. Por las mañanas, cuando volvía del trabajo en el establo y llevaba la leche a la campesina, me daban de desayunar un pedazo de pan con mermelada y una taza de leche aguada. Al principio, la campesina me decía que había echado agua fría en la leche para que no me quemara al beberla.

Cuando me portaba mal, lo que según esos campesinos era muy frecuente, me daban de desayuno un pedazo de pan sin mermelada y agua fría. Con eso tenía que aguantar todo el día. Adelgacé muchísimo, hasta quedarme en los huesos. ¿Pero es que nadie se daba cuenta? ¿Por qué?

Uno de los castigos más duros lo recibí cuando robé una naranja a unas personas que estaban allí de vacaciones. Cuando la campesina se dio cuenta me pegaron con todo tipo de objetos hasta hacerme sangrar y me encerraron en el granero. Poco después me sacaron de allí. Tuve que desnudarme y sentarme dentro del agua fría de la fuente. Allí, la campesina me restregó con un cepillo de púas. Entonces comentó: «Lo ratero no se quita sólo con golpes, también hace falta quitarle a uno la mugre de encima”.

Tras 50 años volví a revivir aquellos episodios de mi pasado. Ya antes había sufrido a menudo depresiones, pero no entendía por qué. Ahora sí. Tuve que “digerir” varios duros golpes del destino: los suicidios de mis hermanos, los recuerdos recurrentes de mi espantosa juventud. Gracias al apoyo de mi psiquiatra durante más de 20 años y a medicamentos fuertes soy algo más estable. Esos largos años de maltrato en la familia de acogida han dejado una profunda huella en mi vida, también en la de mi mujer y mis dos hijos.”

Clément Wieilly cuenta su historia:

“Nací en 1954 en el hospital público de Friburgo, mi hermano en 1952. Nuestros padres nos abandonaron tras el nacimiento. Primero nos alojaron en el departamento de cirugía y pediatría del Hospital Cantonal de Friburgo, después en la casa-cuna St-François en Courtepin y Pringy –por decisión de las autoridades tutelares de aquel entonces, como volvería a suceder en todos los casos siguientes–. Entre 1958 y 1968 estuvimos en el orfanato público de la ciudad de Friburgo. El director era despiadado, nos pegaba y nos dejaba a veces sin comer. Nos castigaba constantemente con una gran brutalidad. Apretaban un almohadón contra mi cara hasta que perdía el conocimiento. Fui víctima de acoso sexual y voyeurismo. En la escuela, los otros niños se burlaban de nosotros porque éramos huérfanos. Los maestros de la clase nos maltrataban. En 1962, un nuevo director se compadeció un poco de nosotros. Entre 1968 y 1970 mi hermano y yo vivimos separados y yo pasé a vivir con una familia de campesinos. El trabajo era duro, con muchas limitaciones y no me pagaban. Yo trabajaba desde las cinco y media de la mañana hasta las ocho de la tarde. A veces iba a la escuela. De vez en cuando la familia me mostraba respeto y cariño. Durante ese tiempo, mi hermano vivía con una familia de deshollinadores, sin paga. A los 16 años volvieron a mandarme a una institución, al internado para aprendices de Friburgo, donde tuve que aprender la profesión de fontanero. Los chicos más mayores abusaban de nosotros psíquica, física y sexualmente, los educadores hacían caso omiso. También a mi hermano lo enviaron a esa institución, donde hizo una formación interna de vendedor de zapatos. Pero no estuvimos allí al mismo tiempo. Él fue víctima de los mismos maltratos que yo. Empezamos nuestra vida laboral y de adultos sin un entorno personal, sin conocimientos ni orientación. Nunca nos prepararon para afrontar la vida de jóvenes adultos con todo lo que esto comporta. No teníamos ni idea de nada y éramos fácilmente manipulables. Nos faltaban los conocimientos más elementales sobre cómo administrar los propios recursos financieros y dónde acecha el peligro. Por gente que se aprovechó de nuestra ingenuidad nos metimos en el círculo vicioso de las deudas. Estas deudas hasta la fecha las sigo pagando. En la actualidad vivo de una pequeña renta de invalidez y he conseguido fundar la asociación “Agir pour la Dignité” [cuyo objetivo es apoyar a las víctimas de medidas coercitivas y sensibilizar a la población sobre este tema –Nota de la redacción–]

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