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  • Deporte

Suiza, paraíso del vuelo libre

17.03.2015 – Stéphane Herzog

El parapente cuenta en Suiza con 16.000 adeptos, lo que de hecho la convierte en el país del mundo con el mayor número de personas que lo practican. La belleza de sus parajes, las numerosas escuelas que existen para aprenderlo y la densidad de los remontes mecánicos y de la red de transportes públicos son algunas de las principales ventajas que ofrece Suiza. 

El vuelo libre permite elevarse por los aires con un parapente – una vela, como dicen los apasionados por este deporte – desde cualquier parte, “con tal de que las condiciones meteorológicas sean favorables y que el agricultor del lugar acepte que se utilicen sus terrenos”, dice Christian Jöhr. Tiene 63 años, más de 1.000 vuelos acumulados y vive en Ginebra. Esta disciplina inventada en los años 80 por montañeros deseosos de reducir al mínimo los difíciles y peligrosos descensos, agrupa hoy a 16.000 afiliados en Suiza. “Nuestro país es un paraíso para los parapentistas, a lo que contribuyen varios elementos”, dice Christian Poppart, director de la Federación Suiza de Vuelo Libre (FSVL). “Hay una buena red de remontes mecánicos y, en el suelo, el tren o el autobús postal permiten regresar fácilmente al punto de partida”, subraya el piloto profesional Olivier Biedermann. Enamorado del parapente y del Valais, al que vino en 1998, este basiliense de origen propone vuelos a los turistas de Crans–Montana con su pequeña empresa Flyin’high, que comparte con su “compadre” del Valais, Alexandre Lamon.

Los Alpes y el Jura

La topología del país representa otra ventaja, explica Christian Jöhr, cuyo espacio preferido es el Valle d’Illiez, en el Bas-Valais, “donde se puede volar casi en cualquier momento, excepto cuando llueve, claro está”. En los valles alpestres, los parapentistas están protegidos de los vientos meteorológicos como el cierzo o el viento del oeste. Si, en cambio, las condiciones son malas en la montaña y el viento meteorológico no supera los 40 km/h, se pueden aprovechar las crestas del Jura para volar. A menos que se vaya a saltar del Salève, la más helvética de las montañas francesas, al sur de Ginebra, también un destacado lugar para el vuelo libre. 

En Crans–Montana, Flyin’high vende año tras año un centenar de vuelos: 150 francos por un vuelo de unos quince minutos sobre un desnivel de 1000 metros, o 250 francos por un salto hasta las llanuras. Se trata, claro está, de una actividad económica complementaria. “El principal freno es la meteorología. El foehn o viento cálido del sur, por ejemplo, con sus ráfagas, impide volar”, indica Olivier Biedermann, que trabaja al 50% en una administración local para tener tiempo de dedicarse a su pasión. “El parapente es un deporte nicho, cuyas ofertas sólo interesan a un pequeño porcentaje de los turistas que pasan sus vacaciones en Suiza”, analiza Véronique Känel, portavoz de Suiza Turismo. Esta oficina promociona este deporte únicamente en verano y su página web (MySwitzerland.com > découvrir > aventure sport d’été) reenvía a la página web de la FSVL. Pero algunos miles de visitantes – aficionados o turistas – vienen a volar cada año en los Alpes suizos. Según la FSVL,  se destacan dos lugares: Verbier (VS) y Fiesch, este último en el Alto Valais, estación propicia para emprender vuelos largos y realizar récords, como el vuelo histórico que se hizo hasta Innsbruck. “Para los vuelos turísticos es Interlaken la que atrae a más gente. Esta ciudad cuenta con una cincuentena de pilotos”, precisa Christian ­Poppart. El director recuerda que de los ocho pilotos que fallecieron en Suiza en 2014, la mitad eran extranjeros. “La meteorología alpina es más compleja, más fuerte que la de los países planos como Alemania, por ejemplo, y la visibilidad es menor. Los visitantes de estas regiones se sienten a veces estresados por estas condiciones. Y, sin embargo, el parapente no es un deporte peligroso si se respetan las reglas de seguridad. No es más arriesgado que la alta montaña”, asegura Christian ­Poppart. 

Un vuelo de regalo 

En Crans–Montana, los clientes de Flyin’high pueden ser turistas, jóvenes curiosos de conocer este deporte o incluso personas que han recibido un vuelo biplaza de regalo. ¿Cómo reaccionan? “A menudo sienten una cierta aprensión cuando despegan”, explica Olivier Biedermann. Otras, los clientes sienten dolor en el pecho o en el vientre, pero nosotros adaptamos el vuelo y siempre es posible abreviarlo según las necesidades.” Pero una vez en el aire, lo que predomina es más bien el asombro lo que predomina. “Basta dar dos o tres pasos y uno vuela, es mágico y a veces la gente se emociona de verdad”, cuenta el piloto. 

¿Por qué este amor por el vuelo? “Es un deporte natural donde se juega con el aire y el sol que provoca corrientes ascendentes que calientan los bordes de los valles, comenta este valesiano de adopción. Yo sobrevuelo lugares poco accesibles a los que no iría nunca, como las cimas de las montañas. En el aire se pueden ver águilas y quebrantahuesos, y observar la fauna de los Alpes: cabras monteses y gamuzas. Además, aparte de utilizar los remontes mecánicos y la energía necesaria para fabricar el material, es un deporte que no contamina.” El hombre describe así vuelos mágicos, como el que permite sobrevolar el Diente Blanco, al inicio de la estación de Vercorin. Un vuelo de águila en las proximidades de la Corona de 4000 m valesianos o por encima del glaciar Aletsch: ¿qué más se puede pedir? 

Christian Jöhr, directivo del sector social en Ginebra, rememora las sensaciones físicas del vuelo. “El hecho de planear y subir con las corrientes térmicas. ¡Lo tienes todo!” El parapente exige asimismo una gestión del riesgo y saber medirse a uno mismo. Hay que mantenerse alerta pero sin dejarse llevar por el miedo”, añade este ginebrino, que confiesa haber tenido que aterrizar una o dos veces en un árbol y haber sufrido un esguince, pero que por otra parte ha perdido a un conocido en este deporte. ¿Su cita? “¡Más vale arrepentirse de quedarse en tierra y no volar que arrepentirse de estar en el aire!” Eso es lo que ocurre cuando las condiciones meteorológicas son variables, y un parapentista puede verse aspirado y ascender 1.000 metros en pocos minutos. Pero disponen además de un paracaídas de seguridad que se abre si la vela se pusiera vertical y no hubiera ninguna posibilidad de reabrirla.  

Con un crecimiento anual del 2% de nuevos miembros, el vuelo libre en los Alpes y el Jura sigue tranquilamente su trayectoria, se alegra la FSVL. La tendencia actual es a una especie de retorno a los inicios del parapente a través del “Hike and Fly” (senderismo y vuelo), posible gracias al aligeramiento del material. “Es extraordinaria la evolución del material en los últimos 20 años, explica Christian Jöhr, tanto en lo relativo a la finura de las velas (y por tanto de las distancias que se pueden recorrer con ellas) como a la seguridad. Ahora se puede salir, y caminar con una vela de 5 o 6 kilos, frente a las de antes, que pesaban unos 20”. Suiza, paraíso de las caminatas, ofrece ahora a sus aficionados la posibilidad de transformar sus descensos en vuelos. ¿Nos lanzamos?

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stéphane herzog es redactor de “panorama suizo” 

Speed flying y wingsuit: oda a la velocidad y la adrenalina

El vuelo libre nació del paracaídas, ya que los primeros vuelos, en los años 80, se realizaron con simples paracaídas, y se fueron desarrollando gradualmente hasta convertirse en parapentes. Con ello, la relación entre la distancia recorrida y la altura de despegue, se ha multiplicado casi por diez. 

La última versión del parapente, el speed flying, disminuye el tamaño de las velas para hacer escapadas que podrían calificarse como algo intermedio entre el esquí y el parapente. Estos saltos permiten ir a esquiar hasta el borde de grietas y precipicios y atravesarlos por los aires, todo ello a velocidades delirantes y con una proximidad al suelo que amplía el efecto cinético. Entre 200 y 300 personas practican este deporte, calcula la FSVL, que indica que en 2014 murieron dos personas practicando esta actividad “más arriesgada” que el parapente. La práctica del speed flying está prohibida sobre las pistas de esquí, pero algunas estaciones, por ejemplo Saint–Moritz (GR), reservan un espacio para este deporte, “que se puede practicar con seguridad”, subraya aun así Christian Poppart.

Aún más emocionante: el wingsuit. Sus adeptos han disminuido aún más el tamaño de su vela, que ahora se parece a las alas de un murciélago y es parte integrante del traje de vuelo. En este deporte extremo, una especie de compromiso entre la caída libre y el vuelo libre, los adeptos sobrevuelan las cimas a más de 100 km/h antes de abrir un paracaídas. Esta disciplina está emparentada con el base jump o salto base, cuya Meca suiza está en Lauterbrunnen (BE). Estos deportes de alto riesgo no forman parte de las campañas de promoción de Suiza Turismo, señala esta oficina.

Volar con alas propias: modo de empleo

¿Quiere usted volar en Suiza? Nada más sencillo, porque el país está repleto de escuelas de vuelo, de clubs y de pilotos comerciales. Un día de prueba con un vuelo de 10 metros cuesta 120 francos, indica la FSVL. Para poder volar en parapente se necesita un carnet de vuelo, que en general se consigue en un año, y la idea es poder volar en varios tipos de condiciones meteorológicas, según esta federación. La formación cuesta unos 1800 francos y el material completo cerca de 5000 francos. Está prohibido volar sin carnet de vuelo, y la formación suiza es “detallada y cuidadosa”, afirma Christian Jöhr.  

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