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  • Política

¿Que significa conservador? Reflexiones sobre el sentido común y la lógica de las campañas electorales

07.05.2015 – Georg Kohler

Georg Kohler, catedrático jubilado de Filosofía Política de la Universidad de Zúrich, observa y analiza para los suizos en el extranjero la campaña electoral 2015 durante todo el año

Tras las primeras decisiones en 2015 – las elecciones en el Parlamento cantonal de Basilea- campo y Lucerna – se confirma la suposición de que en los comicios federales del próximo otoño habrá una “campaña electoral entre partidos de muy diversas ideologías”: los conservadores contra el resto. Se trata de que el centro se quede en la estacada, pero también los Verdes y la izquierda de todos modos. Esto no solo debe suscitar inquietudes entre estos últimos, sino también y sobre todo en el PBD, resultado de la escisión de la UDC, cuyo nombre completo es Partido Burgués Democrático, y en el Partido de los Verdes Liberales (PVL).

Pero ¿qué significa en realidad “conservador”? ¿Y “centro-izquierda”? Estos conceptos de campaña electoral y diferencias de la derecha sirven sobre todo para descalificar al actual Consejo Federal junto con la consejera federal Widmer-Schlumpf, proscrita por la UDC.

En el actual Consejo Federal, cuatro miembros pertenecen a la unión conservadora formada por el PLR, la UDC y el PDC. Tachar a Evelyn Widmer-Schlumpf de izquierdista es, conforme a los criterios habituales del análisis político, imposible. Frente a estos dos socialdemócratas hay una sólida mayoría de no socialdemócratas. La gestión de este gremio ha tenido un notable éxito en la legislatura 2012-2015. Sin embargo, los portavoces de los conservadores abogan por no se reelegir a esta peligrosa alianza de centro-izquierda.

Realmente no coinciden la actual retórica de la campaña electoral y la realidad observada hasta ahora en la política federal. ¿Cómo se explica esto? ¿Y qué implica esta declaración en favor del (buen) estilo suizo de los asuntos estatales? Ni estas preguntas ni las respuestas son particularmente inteligentes. Aun así no son superfluas, dado que se refieren a la realidad de la publicidad (mediática), también en nuestro país radicalmente transformado. Una realidad que ya no se ajusta automáticamente a lo que tanto tiempo fue el distintivo de esta nación política llamada Suiza – con su sentido común inquebrantable.

¿Por qué entonces servirse de una “campaña electoral de partidos de muy diversas ideologías” como método para ganar votos a la competencia? Sencillamente porque es el que mejor responde a la lógica actual de las campañas mediáticas. El objetivo es la simplificación, incluida la correspondiente demonización. “Nosotros contra todos los demás” es la consigna, que reduce la inseguridad y da la certidumbre de estar del lado correcto.

El método es tan antiguo como las leyes del poder de la política y es utilizado por todo el espectro político, desde la izquierda hasta la derecha, desde Lenin hasta Goebbels – y por muchos participantes en las campañas electorales de los países democráticos, orientados hacia el rendimiento. La pregunta es si este método encaja en la democracia tan especial de Suiza. En realidad es completamente incompatible, ya que la Constitución suiza y sus procesos de resolución de problemas se orientan estructuralmente hacia el compromiso, la integración y por ello hacia resultados de mediación, comunes, considerando al mayor número posible de grupos de interés.

Para presentarlo con un par de opuestos: están predispuestos a llegar a acuerdos “conservadores” en el sentido de defender los intereses comunes republicanos, pero su prioridad no es mantener el orden “conservador” en el sentido de una libertad económica con la mínima intervención del Estado.

Así pues, el Consejo Federal en ejercicio, elegido democráticamente por un Parlamento también democráticamente elegido sólo es considerado de centro izquierda porque en los últimos cuatro años ha aceptado el consenso constitucional conservador-republicano – ¡No sin éxito, desde luego! “No conservador” sólo es para los que asocian a los conservadores lo que encaja en una democracia parlamentaria de mayorías, fuertemente influida por la británica, pero no en Suiza, con su específica democracia de concordancia que se ha ido desarrollando con su historia.

Insistiendo una vez más: el sistema helvético conlleva – ya desde hace tiempo y por buenas razones – una amplia distribución del poder, respeto por las ideas divergentes y el reconocimiento intrínseco de la otra parte como legítimo coartífice de la

res publica

común.

Se objetará que la moderna campaña electoral se rige por sus propias reglas. Y es posible que sea así, pero eso no cambia nada en el hecho de que no es bueno para lo que quizá sea lo mejor de la cultura política suiza: su

sentido común

.

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