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“Por fin podemos hacernos oír”

10.07.2019 – Marc Lettau

Aunque no tienen derecho a voto, los alumnos y alumnas de los colegios suizos contribuirán a decidir las elecciones federales en otoño. Miles de ellos han entrado en huelga por una política climática consecuente, con lo que pretenden despertar a los políticos aletargados. ¿Qué tienen en mente los jóvenes que encabezan esta huelga?

Es de nuevo viernes, día lectivo. No obstante, masas de estudiantes caminan ruidosamente por el casco urbano. Esto se repite desde hace meses en muchas ciudades y quienes los ven pasar conocen ya el motivo: los escolares están en huelga. No van a clases y reivindican en la calle una política climática eficaz de inmediato. Los más jóvenes no llegan a doce años, la gran mayoría son adolescentes. Entre tanto, algunos universitarios de más de veinte años también participan, así como cada vez más la generación de los abuelos y, en menor medida, la de los padres. Hubo 50 000 participantes en la huelga por el clima del 15 de marzo de 2019. Dos meses después, el 24 de mayo, todavía eran decenas de miles, a pesar de los exámenes de graduación. No es posible pasar por alto el movimiento.

“Así no pueden seguir las cosas”

Pero, ¿qué impulsa este movimiento huelguista juvenil? Esta pregunta va dirigida a un trío del cantón de Berna. Uno de ellos es un alumno de Thun, Linus Dolder, de 16 años. Su compromiso se debe a la fuerza de las imágenes. Cuando en las vacaciones de invierno, vestido con una camiseta a 2 000 metros de altura, ve un paisaje marrón por el que cruzan sólo senderos de nieve artificial, se da cuenta, “aún sin necesidad de tener treinta o cuarenta años de experiencia de vida, de que las cosas no pueden seguir así”.

Sophie Feuz, una alumna de Berna de 16 años, no se centra en la “pregunta sin respuesta sobre el futuro”, sino en el insoportable presente: “Debido a las condiciones actuales, hay gente que pierde su sustento, animales que se extinguen y desaparecen los glaciares de los Alpes”. Le parece abrumador ver cuánto se pierde durante su propia corta vida, “y una vida no es más que un abrir y cerrar de ojos”.

Wirada Läderach (15 años), de Belp, menciona tres motivos para la huelga. El primero es el miedo al “gran caos” que nos amenaza cuando la miseria de los principales afectados por el cambio climático se acentúe aún más. El segundo es la experiencia frustrante de que “aquellos que tienen nuestro futuro en las manos no quieren actuar”. Y el tercero es que con las huelgas “por fin podemos hacernos oír acerca de algo que nos preocupa desde hace tiempo”.

Todo, y de inmediato

La juventud que hace huelga por el clima es rebelde al hablar y sorprendentemente bien educada al actuar: la policía escolta las marchas visiblemente relajada. El catálogo de reivindicaciones es más atrevido que concreto. Lo primero que se nota es el estado de ánimo imperante al ver a jóvenes de doce años llevando orgullosos su maltrecha pancarta con el lema “El clima está peor que nuestra pancarta”. La reivindicación principal es “una Suiza con cero emisiones de gases de efecto invernadero de aquí al año 2030”; y que el primer paso hacia la “justicia climática” sea reconocer la situación de crisis y declarar la “emergencia climática”.

Esto contagia a los partidos políticos. En febrero, el Parlamento Cantonal de Basilea-Ciudad aprobó una resolución y declaró la “emergencia climática”. Todavía no está claro si se trata de un acto simbólico para tranquilizar a los alumnos o si es el inicio de nuevas prioridades políticas. Entre tanto, también ciudades como Olten (Soleura) y Delémont (Jura), al igual que el cantón de Vaud, se han declarado “zonas de emergencia climática”.

A principios del año, cuatro elecciones cantonales aportaron indicios de cambios en el clima político. En marzo, los Verdes, que se centran en la política climática, al igual que los Verdes Liberales, alcanzaron juntos el 24,8 por ciento de los votos, frente al 14,8 por ciento en 2015. Para los estándares suizos, esto es un desplazamiento enorme, que tuvo lugar a costa de la conservadora UDC y del Partido Liberal Democrático. Las elecciones parlamentarias subsiguientes en los cantones Basilea-Campiña y Lucerna mostraron un panorama similar. Pero las elecciones en Zúrich se consideran especialmente importantes, porque han sido en el pasado un indicador fiable para las elecciones nacionales, que tienen lugar más adelante el mismo año. La mayoría de politólogos sospechan por eso que el 20 de octubre podría repetirse lo ocurrido: éxitos para los partidos verdes y malos resultados para los conservadores.

¿Qué piensan los huelguistas de las elecciones de otoño? Sophie Feuz declara: “Creo que podemos influenciar las elecciones significativamente”; pero agrega: “...siempre que el interés de la juventud no decrezca”. Comenta que a muchos jóvenes de su edad les basta con “salir una vez” a la calle. “Por otro lado, somos cada vez más los que participamos”. Confiaría más en el movimiento si los jóvenes tuvieran derecho a voto a nivel nacional a partir de los 16 años, ya que a esa edad muchos jóvenes se interesan más por la política que a los veinte; y añade: “En el colegio se incentiva nuestra autonomía. Muchos jóvenes están muy bien orientados”. Pero después del colegio faltan las “plataformas” para seguir desarrollando la autonomía propia. Por eso se pierde muy pronto la motivación de participar en la vida política.

El PLR corrige su postura, la UDC tiene esperanza

Los dos principales partidos burgueses, la UDC y el PLR, reaccionan de manera totalmente distinta frente al fenómeno de las huelgas por el clima y su amplio impacto. La Presidenta del PLR, Petra Gössi, basándose en una encuesta a las bases del partido, quiere que éste se vuelva más verde. Así, el PLR exige también un impuesto sobre el CO2 para la gasolina y el diésel. Pero Gössi siente el viento en contra. Christian Wasserfallen, miembro de la dirección del partido, dijo en este contexto que no sirve de nada “cambiar el color” de un partido: quienes quieren algo verde, votan por “el original”, es decir, por los Verdes.

El asunto es más complicado para la UDC. No resulta creíble que de pronto cambie de color. Por eso, apuesta por la esperanza: se mantiene el rumbo, pues es posible que hasta el otoño el tema del clima ya no tenga tanta importancia, aseguraron los exponentes de la UDC tras su gran derrota en las elecciones cantonales. Pero una parte de la base tradicional del partido, por ejemplo, los campesinos, no comparte esa opinión. Por eso, los líderes de la UDC se han posicionado contra los jóvenes huelguistas y como el último partido que lucha decididamente por los intereses de los automovilistas. El Presidente del partido, Albert Rösti, les diagnostica desde entonces a los huelguistas “tendencias pseudorreligiosas”. Y el Consejero Nacional zuriqués, Roger Köppel, expresa en entrevistas la lástima que siente por los jóvenes y afirma que están siendo instrumentalizados por “ideólogos izquierdistas del clima” para los fines de una “dictadura medioambiental roja-verde” que amenaza la paz social. Según Köppel, “es escandaloso que nuestros profesores lleven a sus alumnos a estas manifestaciones manipuladas a distancia por ciertos sectores políticos”.

¿Está siendo Wirada Läderach manipulada a distancia y cegada por ideas pseudorreligiosas? Esos ataques la dejan sin palabras: “Es un hecho que tenemos que actuar ahora, ya que nos amenaza una evolución fatal”. Estas acusaciones le parecen sospechosas. Primero se le echa en cara a la juventud desinterés político y apatía: “Y ahora que ésta ha encontrado un tema propio, se la acusa de estar manipulada a distancia”. Opina que el movimiento es tan provocador “porque piensa por sí mismo”.

“Evitar que sea un simple pasatiempo familiar”

Pero también hay otra cara de la moneda: jóvenes huelguistas con una hamburguesa de ternera poco compatible con el medio ambiente en una mano y una lata de refresco desechable en la otra. ¿Son los huelguistas consecuentes? Él conoce de sobra esos argumentos, dice Linus Dolder; pero “no es necesario ser perfecto para hacerse oír”. Quienes se declaran a favor del movimiento pro clima toman un cierto camino: “Eso es lo decisivo”. En última instancia, se trata de la propia autenticidad: “No puedo hacer huelga por el clima el viernes e irme de vacaciones en avión el sábado”.

Su planteamiento es exigir un cambio y cambiar uno mismo. Él se ha hecho vegetariano por motivos ecológicos, dice Linus Dolder: “Entre tanto, mi madre cocina sólo comida vegetariana”. También Wirada Läderach confiesa ser vegetariana. Linus Dolder ve al mismo tiempo un peligro allí: “Las acciones autónomas de los individuos no tienen suficiente influencia. Es indispensable que el sector político también actúe”. Éste debe encauzar las cosas para que alcancemos juntos los objetivos definidos: “Hay que evitar que la protección del clima sea un simple pasatiempo familiar”.

Amplio debate, nuevas perspectivas

Hay quienes apoyan a los jóvenes que luchan por el clima, otros los castigan marginándolos. Ambas reacciones parten del mismo punto de referencia: el clima. Por eso, este tema es cada vez más importante en el debate político en Suiza, muchas veces también con nuevas perspectivas. Así, el periódico Neue Zürcher Zeitung (NZZ), favorable al progreso y a la economía, publicó hace poco un artículo respecto a que la digitalización se malinterpreta como parte de la solución del problema del clima. Pero, en realidad, forma parte del problema. Debido al creciente volumen de streaming, el sector de las tecnologías de la comunicación es responsable ya del 3,7 por ciento de las emisiones globales de gases de efecto invernadero. Esto es casi el doble de lo que emite la aviación civil. Refiriéndose a la juventud, NZZ constató: “Streaming es peor que volar”. El streaming de un vídeo multiplica el consumo de energía de un teléfono inteligente en un factor de 1 500.

“Todos consumimos muchísimo”

Wirada Läderach también lleva consigo siempre su teléfono. Sí, muchos jóvenes son “niños bien comidos y cómodos de la sociedad de consumo”. Pero al mismo tiempo es la generación que se mueve y busca nuevas perspectivas. Eso significa, por ejemplo: “Me encanta volar; pero no es una opción para mi próximo viaje”. También Sophie Feuz usa los términos “consumo” y “sociedad de consumo”. En su pancarta, que muestra señales de un uso regular, dice “Revolucionar en vez de consumir”. Con eso quiere expresar que el consumo, a veces sin pensar, es un enorme impulsor del cambio climático: “Todos consumimos muchísimo y a muy bajo costo”. Por eso, hay que pensar sobre el propio consumo y pagar precios que cubran los costos reales de un bien.

Hablando de realismo: ¿no es un poco fácil faltar a clases y decir que se trata de una actividad política? La respuesta de Sophie Feuz es clara. Propagar esa imagen es “un poco vergonzoso” y “sobre todo falso”, pues quienes quieren ir a huelga deben solicitar permiso y reciben tareas adicionales. Es más fácil no ir a huelga. Ella misma recibió como tarea adicional una ponencia sobre el “cambio climático antropógeno”. No le resultó fácil, pues el profesor es geólogo y conoce muy bien el tema: “No podía decir cualquier cosa”.

En Suiza se reducen las emisiones de CO2

Las evaluaciones presentadas en abril muestran que entre 1990 y 2015, las emisiones de CO2 se han reducido en Suiza en más del 10 por ciento, a pesar del crecimiento de la población. Las emisiones de CO2 per cápita equivalen a menos de la mitad de las de otros países industrializados. Esa es la buena noticia. La mala es que la huella ecológica de los suizos es muy superior al promedio mundial. El motivo es que Suiza importa muchos productos que causan notables emisiones de CO2. Casi el 80 por ciento de las emisiones de gases de efecto invernadero causadas por los suizos se producen en el extranjero.

 En Suiza está en plena marcha la lucha por la revisión completa de la ley suiza sobre el CO2. Se prevé que conducirá a reducciones significativas de las emisiones de CO2. Es controvertida, entre otras, la pregunta de dónde quiere contribuir Suiza a las futuras reducciones de CO2: ¿principalmente en el extranjero o en su propio territorio? Mientras que el Consejo Nacional se ha negado hasta ahora a definir un objetivo para el interior, es probable que el Consejo de los Estados decida que al menos el 60 por ciento debe reducirse en el territorio nacional. Al menos ésta es la propuesta de la comisión que prepara las discusiones.

(MUL)

 

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