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  • Política

La fórmula mágica y el abracadabra de los partidos

17.08.2015

Georg Kohler, Catedrático emérito de Filosofía Política de la Universidad de Zúrich, observa y analiza para los suizos en el extranjero la campaña electoral suiza de 2015.

Suiza es seguramente la única democracia del mundo regida desde hace más de medio siglo por una gran coalición, mejor dicho por una muy gran coalición. Y nuestra especial particularidad es que en nuestro país no son dos los partidos que comparten el poder, sino cuatro: el PLR, el PDC, la UDC (antiguo BGB) y el PS. En todo caso era así hasta finales del otoño de 2007, cuando se produjo la gran escisión, la ruptura con Christoph Blocher, algo revolucionario en el sistema suizo.

Volvamos atrás: después de cuatro años en el Consejo Federal, el líder de la UDC no fue reelegido, pese a ser el jefe indiscutible del partido principal en número de votos, y le sucedió su “amiga de partido” – lo siento pero ésta es la denominación pertinente – Eveline Widmer-Schlumpf . La gran mayoría de la UDC lo consideró una traición, y la nueva consejera federal tuvo que afrontar la represalia de ser expulsada del partido, lo cual tuvo dos repercusiones: la fundación de otro partido de centro, el PBD, y el traspaso del segundo consejero federal de la UDC, Samuel Schmid, al PBD, que acabó contando básicamente con el respaldo del sector de la UDC que consideraba erróneo el rumbo iniciado por Blocher. Así pues, la “fórmula mágica” por la que desde 1959 se venían repartiendo los siete escaños del Consejo Federal entre los cuatro principales partidos había quedado hecha trizas. Siguiendo un cálculo electoral puramente aritmético, el pequeño PBD nunca habría podido presentar a dos consejeros federales.

Pero en realidad, nadie quería darle demasiada importancia al asunto, ni los partidos conservadores ni la UDC, que sencillamente deseaba volver a gobernar lo antes posible. Y lo consiguió rápidamente, naturalmente sólo con la aprobación a regañadientes de la continuidad de la presencia de la Sra. Widmer-Schlumpf: en diciembre de 2008, el que había sido Presidente del Partido durante muchos años, Ueli Maurer, fue nombrado sucesor del consejero federal cedente, Samuel Schmid.

Y por eso, desde hace siete años, la “Fórmula Mágica” ya no abarca sólo cuatro, sino cinco partidos. Naturalmente uno se pregunta cuánto tiempo seguirá siendo así...

Por eso, parte del interés que despiertan las elecciones del próximo otoño se debe a su vinculación con la identidad de “Widmer-Schlumpf”: si la UDC gana algo de terreno en comparación con 2011, el PBD desciende ligeramente y el PLR se fortalece, la Ministra de Finanzas se verá en apuros, por muy bien que haya cumplido con sus obligaciones. La UDC aspira a desquitarse, pero por supuesto no lo dice abiertamente.

Se responsabiliza a Widmer-Schlumpf del supuesto rumbo izquierdista que ha tomado la política del Gobierno suizo, cuya insignia es la renuncia, obviamente pausada, a la energía nuclear, apoyada sobre todo por la conservadora Doris Leuthard. En cualquier caso, la no reelección de Widmer-Schlumpf se presenta como la clave estratégica decisiva para corregir un rumbo erróneo. Y seguro que un auténtico representante de la UDC querría asegurarse de que la política de asilo y migración siguiera una línea más restrictiva.

Lo que está claro es que la UDC tiene buenos ases en la mano para presionar al PLR y al PDC si los resultados esbozados llegan a hacerse realidad. Ambos quieren mantener los representantes que tienen hasta ahora en el Consejo Federal, y con una cierta habilidad se pueden enfrentar estupendamente las reivindicaciones de ambos ...

Lo que quiero decir es que por primera vez se podrán determinar los ganadores y los perdedores de unas elecciones en base a una identidad personal, lo cual raramente sucede en nuestro país, y por eso es un indicador del hecho de que el estilo de la política ha cambiado también en Suiza, para pasar de la búsqueda de un consenso sobre temas políticos a un enfrentamiento feroz sobre la composición de los órganos directivos: no obstante, es exagerado formularlo tan llamativamente. Las instituciones del país siguen velando por una obligación de cooperar con la debida objetividad. El Consejo Federal formado por siete miembros es y seguirá siendo una institución colectiva que sólo funciona si todos ellos son capaces de lograr resultados razonables y más o menos convincentes para la gran mayoría. La incorporación o el cese de una sola persona no pueden acarrear cambios trascendentales en dicho proceso, lo cual es muy satisfactorio para el filósofo político, y una razón para alabar a las autoridades del país. Así pues, el principal elemento de todos los buenos ordenamientos estatales, y por tanto también de nuestra democracia directa, es el imperio de la ley, y no el imperio del hombre.

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