Menu
stage img
  • Sociedad

A pesar de la “reparación”, hay cosas que no se arreglan

21.09.2018 – Marc Lettau

De niña, Rita Soltermann fue víctima de explotación por parte de una familia campesina de Emmental. Desde entonces su vida ha sido la de un “cero a la izquierda”. Si bien estima que son muy importantes las medidas adoptadas por la Confederación para reparar el sufrimiento de los afectados, considera que esta reparación no puede en absoluto borrar las cicatrices del pasado.

En el cuarto de estar de Rita Soltermann, una bernesa natural de Niederönz que pronto cumplirá 80 años, hay flores, flores y flores... y 350 cerditos de porcelana. Es una vista que hace sonreír. Pero los cerditos son un recuerdo de una infancia que fue cualquier cosa menos florida. Rita Soltermann fue explotada con seis años en una familia campesina de Emmental que no tenía hijos. Allí, Rita fue la decimocuarta niña que trabajó esclavizada en las escarpadas laderas de la granja familiar: como mano de obra gratis.

Tenía que levantarse a las seis de la mañana, primero daba de comer a las gallinas, y después a los cerdos. El olor del establo se le pegaba al cuerpo, y después tenía que marcharse corriendo a la escuela sin duchar. Rita Soltermann lo dice abiertamente: “Apestábamos”. Después de la escuela tocaba cambiarse y seguir trabajando. Las tareas escolares no estaban previstas en el día a día laboral, por lo que su bagaje escolar permaneció escaso por el resto de su vida. No pudo aprender ninguna profesión, porque le tocaron las peores cartas: “Cuando empiezas así, haces ‘trabajos temporales’ por el resto de tus días. Toda tu vida eres un cero a la izquierda”.

La jinete a lomos de un cerdo

Dar de comer a los cerdos: esto era el rayo de esperanza en el día a día de la niña. Le gustaban los cerdos. Se convirtieron en sus compañeros, e incluso le proporcionaban momentos de felicidad: “A veces salía del establo cabalgando a lomos de una hembra”. En la escuela la apodaron “Söirittere”: Rita, la jinete de los cerdos.

Rita Soltermann es una de las miles de víctimas de medidas coercitivas estatales. Su destino es el típico para aquellos niños a los que las autoridades robaron su infancia... y lo hicieron por razones “asistenciales”. Muchos hijos de familias socialmente vulnerables fueron explotados; otros fueron llevados a instituciones que los daban en adopción. Los niños de las comunidades yeniches fueron arrancados de sus familias para garantizarles un “buen” futuro. Otras víctimas incluso fueron operadas y esterilizadas por orden del Estado. Desde hace años, Suiza mantiene un debate sobre la reparación de este oscuro capítulo de su historia nacional que duró hasta 1981.

La Confederación ya ha dado un importante paso en este sentido, al abordar el tema de la reparación a través de un intenso diálogo con los afectados. Y se garantizó a las víctimas una contribución solidaria de 25 000 francos suizos. Más de 9 000 víctimas, en su mayoría de avanzada edad, han presentado una solicitud para acogerse al programa (véase también “Panorama” 4/2018). Rita Soltermann es una de ellas.

¿Logra este gesto solidario de la Confederación cambiar la visión del propio destino? Eso no es así de simple, afirma Rita Soltermann. El reconocimiento de la injusticia sufrida es muy importante; pero, a fin de cuentas, la reparación no puede arreglar esto: “La experiencia de haber vivido una niñez sin amor y no haber sido abrazado, nunca no se puede borrar”. Tampoco se puede borrar el recuerdo de la desesperación en la que se sumió cuando era una madre joven y tuvo que defenderse para que no le quitaran a su propio hijo. Si bien la contribución solidaria de la Confederación es importante, “al mismo tiempo es tan sólo una golosina que no hará desaparecer las cicatrices del pasado”.

Hay muchas cosas que la reparación no puede borrar: éste es un dilema que las asociaciones de víctimas también están abordando. Robert Blaser, de la asociación “Fremdplatziert”, dice que el Estado ha hecho mucho, pero también ha subestimado cosas importantes, como el reflejo de defensa contra todo lo que representa a la autoridad: “Para muchos, la autoridad (Estado, cantón, municipio e Iglesia) representa al autor del delito; y no pueden entender por qué el ‘autor del delito’ quiere darles dinero”. Además, la contribución solidaria es más bien “un reconocimiento de la injusticia”, y no una mejora de las condiciones de vida. Para las víctimas que viven en situación precaria, la contribución es incluso “desastrosa”, afirma Blaser: Es “el sueldo de cinco meses por una vida estropeada”. Él no lo llamaría reparación. Luzius Mader, encargado de las actas por parte de la Confederación, no lo contradice por completo: él lo llama gesto de solidaridad y no reparación (véase la entrevista de la página 19).

Un llamamiento a los campesinos

Werner Zwahlen, miembro de “Netzwerk verdingt”, dice que los pagos solidarios no pueden cambiar la historia de sus vidas. Su organización confiaba en una solución de pensiones en lugar de un único pago. Pequeños subsidios mensuales habrían supuesto “una gran diferencia con respecto al pasado”. Zwahlen y sus colaboradores añaden que no basta con que sólo la Confederación se sienta obligada a reparar la historia. Los municipios, los cantones y las organizaciones campesinas están afrontando su deber de reparación con reticencia. A propósito de los campesinos, Kurt Gäggeler, de “Netzwerk verdingt”, proclama que hay que “rehabilitar las granjas y liberarlas de la maldición del pasado”. A decir verdad, aún no existe una iniciativa en este sentido. Hans Jörg Rüeggsegger, Presidente de la poderosa Unión Bernesa de Campesinos, ha comentado recientemente la reivindicación de Gäggeler con las siguientes palabras: “Yo no sé de ninguna granja que se sienta estigmatizada por el pasado”.

La reparación estatal no basta por sí sola, dice también Daniel Huber, de la organización “Radgenossenschaft der Landstrasse”, que lucha a favor de los yeniches y los sinti. El dinero como gesto de solidaridad es “bueno y justo”. Sin embargo, en la vida diaria las comunidades itinerantes yeniches y sinti perciben poca comprensión. “El espacio vital para los nómadas, dice Huber, se reduce cada vez más, los campesinos se ven cada vez más presionados para no concederles ninguna facilidad para acampar”. Sencillamente, el contraste entre la actitud benévola de la Confederación y la realidad cotidiana es demasiado grande.

Una abuelita rodeada de flores

De vuelta a Niederönz, Rita Soltermann describe otras facetas de una vida sin infancia. Conoció a su hermana menor a la edad de 68 años, lo cual demuestra hasta qué punto los niños explotados “somos parte de una familia sin una historia común”. Y cuenta lo fácil que es transmitir la violencia sufrida y las groserías: “Con el tiempo me he dado cuenta de que fui una madre muy severa y que también repartí golpes”. Ahora se siente mal, pero uno lleva dentro de sí la crueldad que sufrió. No obstante, también habla de una gran felicidad: hoy en día se siente protegida junto a su marido, sabe que le rodea una amada familia.

Obviamente, hay motivos para el optimismo: la jinete de los cerdos de aquel entonces se dedica en la actualidad a cuidar de sus flores con amor y se ha convertido en “Margritli-Grosi” [la abuelita de las flores]: así llaman los nietos a su abuela, cuando Rita Soltermann les sonríe entre grandes ramos de flores.

Leer más: “La contribución es un gesto de solidaridad”

top