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Un cantón suizo llamado Kosovo

22.05.2018 – Enver Robelli

Kosovo celebró en febrero el décimo aniversario de su independencia. ¿Y qué tiene que ver esto con Suiza? Mucho, puesto que los vínculos entre ambos países son estrechos y variados.

Una leyenda afirma que Kosovo es el 27.º cantón de Suiza. Ningún terremoto, diluvio ni huracán separó a este minúsculo país de nuestra Confederación, para desplazarlo a los barrancos de los Balcanes. Muy distinto ha sido el curso de la historia: un día de primavera de 1964, la Unión Suiza de Campesinos empezó a contratar a jornaleros yugoslavos, entre los cuales se encontraban muchos albanokosovares. Su lugar de origen, por aquel entonces una provincia del país plurinacional llamado Yugoslavia, era pobre y subdesarrollado, y la población albanesa mayoritaria era oprimida por el poder central de Belgrado. Por ello, muchos habitantes de Kosovo optaron por segar prados suizos y ordeñar vacas suizas, antes que quedar a la espera de un futuro incierto.

El futuro. Después de más de medio siglo, el futuro se perfila como sigue. Recientemente, Bernard Challandes, originario de Neuchâtel, fue nombrado seleccionador del equipo nacional de Kosovo. Este pequeño país balcánico se incorporó a la FIFA hace tan sólo dos años; es su 210.º miembro, en tanto que ocupa el 176.º puesto en la clasificación mundial. Challandes, ex entrenador del campeón FCZ, conoce muy bien el panorama futbolístico suizo: sabe dónde juegan los numerosos talentos de origen kosovar entre Ginebra y San Galo, puesto que en Suiza viven más de 200 000 albaneses originarios de la antigua Yugoslavia, la mayoría de los cuales proceden de Kosovo.

Entretanto, los lazos entre Suiza y Kosovo han llegado a ser tan estrechos que futbolistas como Gjerdan Shaqiri y Granit Xhaka se han convertido en los mayores ídolos de los adolescentes helvéticos. Algunas autoridades futbolísticas en Kosovo esperan que Challandes acabe atrayendo a algún virtuoso del balón a Pristina. Sin embargo, en la capital kosovar, el estadio no cumple las exigencias estrictas de la FIFA y de la UEFA, por lo que los kosovares deben irse al extranjero a chutar, ya sea en Fráncfort contra los feroeses, ya en París contra el Madagascar. En el partido contra este país africano, el primero que disputó con su nuevo seleccionador Bernard Challandes, Kosovo ganó uno a cero.

Un gigantesco pastel

Hay que improvisar mucho en Kosovo, y no sólo en el campo de juego. El 17 de febrero, este país celebró su primera gran conmemoración: diez años de independencia, cuando en un frío día de invierno de 2008 los parlamentarios kosovares proclamaron su propio Estado, mientras en la Avenida Madre Teresa la muchedumbre admiraba y saboreaba un gigantesco pastel, disfrutando de cerveza gratis bajo el destello de los fuegos artificiales. No obstante, una década después Kosovo sigue sin ser realmente independiente, pues Serbia, la antigua fuerza de ocupación, se niega a reconocer su autonomía. Para Belgrado, Kosovo constituye una provincia disidente. Cinco Estados miembros de la UE (España, Grecia, Rumanía, Eslovaquia y Chipre) no han reconocido a Kosovo.

La independencia debe conquistarse a diario. En el gran escenario de la política internacional, los kosovares reciben el apoyo de EE. UU. y de los países más influyentes de Europa occidental, mientras que Serbia se siente respaldada por Rusia. Hasta la fecha, más de 110 países, entre ellos Suiza, han reconocido a Kosovo como Estado autónomo; entretanto, la república balcánica es también miembro del Fondo Monetario, del Banco Mundial y del Comité Olímpico.

Este país cosecha éxitos sobre todo en el mundo del deporte y de la música. La yudoca Majlinda Kelmendi, que tiene actualmente 26 años, hizo historia en 2016 con motivo de los Juegos Olímpicos de Río, al ganar la medalla de oro ya en el segundo día de competición. Otras dos heroínas de Kosovo son Rita Ora y Dua Lipa. Estas chicas, a las que tanto jóvenes como mayores llaman “nuestras hijas”, proceden de Pristina, crecieron en Londres y se han convertido en estrellas del panorama musical a nivel mundial. Ora dio un concierto en Pristina con ocasión del aniversario de la independencia, mientras que Lipa ha anunciado una actuación para principios de agosto.

En verano, Kosovo recibe una avalancha de schatzis. En albanés, “schatzi” es un término que designa a los centenares de miles de kosovares que viven en el extranjero y vuelven en julio y agosto a Kosovo; visitan a sus familias, gastan aquí el dinero que tanto les costó ganar en Occidente, compran apartamentos y construyen casas. Los schatzis no pasan desapercibidos. Los chicos tienen un look informal, con gel en el pelo, pantalones vaqueros rasgados y camisetas ajustadas. Las chicas llevan escotes profundos, grandes gafas de sol, minifaldas y tacones altos que resultan totalmente inadecuados para las calles kosovares llenas de baches. Cuando los schatzis llegan a Kosovo comienza la época del cortejo. Las futuras suegras salen en busca de una futura nuera, los futuros suegros inspeccionan los restaurantes donde podría celebrarse a lo grande el banquete nupcial el año próximo, y los futuros yernos se citan con las jóvenes que han conocido en Facebook. Para la diáspora femenina, Kosovo se convierte, en verano, en una auténtica plataforma de citas a cielo abierto.

Sin las transferencias de los kosovares residentes en el extranjero, la pequeña república balcánica no tardaría en derrumbarse. Gracias a la diáspora, alrededor de unos mil millones de francos suizos fluyen anualmente a los hogares kosovares. “Lamentablemente”, señala Agron Demi del Instituto de Investigación GAP, “la mayoría del dinero se destina al consumo y no se invierte”.

En las calles de Pristina y otras ciudades es común ver pasar vehículos postales de color amarillo, coches que llevan la calcomanía “CH” o banderas rojas con la cruz blanca. Para muchos suizos, Kosovo fue durante largos años una provincia lejana y desconocida, situada en las gargantas de los Balcanes. Entretanto, las cosas han cambiado. Cada vez más suizos visitan Kosovo, paseando por Pristina en grupos de viaje. “He venido para visitar a un amigo. Trabajamos desde hace más de 20 años juntos”, relata un mecánico procedente del Oberland zuriqués. Ante el monumento del héroe nacional albanés Skanderbeg, algunos políticos locales oriundos de Wil bombardean al guía con preguntas: quieren saber más sobre la cultura, la historia y la política del país. Estos conocimientos podrían serles muy útiles para integrar mejor a los albanokosovares que residen en Suiza.

Desde 1999 en Pristina

Por su parte, el suizo Andreas Wormser ya se encuentra bien integrado en Kosovo. Este diplomático llegó a Pristina en 1999 por encargo de la Oficina Federal para los Refugiados, con la misión de determinar qué tan factible sería repatriar a los refugiados de guerra. Wormser se quedó. Intercedió sobre todo por los derechos de la minoría romaní. Sin embargo, como funcionario del Departamento Federal de Asuntos Exteriores (DFAE) se sentía poco motivado. En 2013, Wormser inauguró el Hotel Gracanica, el primer hostal multiétnico de Kosovo, construido por el arquitecto suizo-kosovar Bujar Nrecaj. Esto también constituye un ejemplo de los estrechos lazos que unen a Kosovo y Suiza.

Algunos pueblos kosovares dependen totalmente de la diáspora, como es el caso de Smira, en la frontera con Macedonia. Quien quiera dirigirse a Smira en automóvil deberá armarse de paciencia. Primero, se perderá en el caótico tráfico de Pristina, y luego buscará en vano la entrada a la nueva autopista. A lo largo de la antigua carretera que une Kosovo con Macedonia, se despliega todo el esplendor del vertiginoso boom arquitectónico de los Balcanes, caracterizado por un desarrollo urbanístico salvaje y desenfrenado. Unos tras otros se suceden sin parar gasolineras, hospitales privados, almacenes de construcción, hoteles por hora, tiendas de muebles, talleres de coches, centros comerciales y escuelas privadas. Tampoco pueden faltar las urbanizaciones cerradas: los nuevos ricos y especuladores de la posguerra viven con sus familias en conjuntos residenciales protegidos, siguiendo el modelo norteamericano.

“Bienvenidos a Smira”, dice Tefik Salihu una hora más tarde. Tefik Salihu es algo así como el responsable de información de este pueblo ubicado en el este de Kosovo entre suaves colinas, amplios campos y frondosos prados. Smira cuenta con unos 5 000 habitantes, además de los aproximadamente 2 000 que residen en el extranjero, mayormente en Ginebra y alrededores. “Para nosotros es muy importante la prosperidad económica del cantón de Ginebra. Del gobierno central en Pristina no esperamos mucho”, añade Salihu en tono sarcástico. Llegó a Ginebra en los noventa, aunque volvió pronto al lado de su familia cuando se vislumbraron los signos precursores de la guerra, que no tardó en estallar.

Marzo, un mes muy especial

En Kosovo, marzo es el mes de los aniversarios históricos. En marzo de 1981, los estudiantes de la Universidad de Pristina protestaron contra la pésima comida que servía el comedor universitario, aunque pronto plantearon también demandas políticas, por lo que fueron respaldados por los obreros, algunos funcionarios, profesores y alumnos. “Kosova Republikë”, tal es la consigna con la que crecieron generaciones enteras de albanokosovares. Kosovo debía convertirse en una república igualitaria dentro del Estado multiétnico yugoslavo. A partir de entonces se declaró que ésta era la única manera de librarse del dominio serbio e impedir que Belgrado tomara un día la decisión arbitraria de suspender la autonomía de la provincia. Esto fue lo que sucedió efectivamente en marzo de 1989, tan sólo dos años después de que un apparátchik asumiera el poder en Serbia con Slobodan Miloševi?, quien supo aprovecharse del nacionalismo para afianzar su poder. Tras la abolición de la autonomía kosovar, la mayoría albanesa se vio marginada. Para los observadores occidentales se trataba ya de un sistema de apartheid en Europa.

Se produjo entonces una escisión en Kosovo: mientras que en apariencia los serbios llevaban la voz cantante, en la clandestinidad los 1,8 millones de albanokosovares financiaban su Estado paralelo a través de contribuciones voluntarias. En este caso también, la diáspora desempeñó un papel clave. La resistencia pacífica bajo el mando del crítico literario Ibrahim Rugova duró cerca de diez años. Por su parte, los países occidentales simpatizaban ampliamente con los albaneses oprimidos. Sin embargo, a finales de los noventa Rugova ya no pudo controlar la situación. Cada vez más jóvenes varones perdieron la paciencia y recurrieron a las armas. Pronto dio que hablar el Ejército de Liberación de Kosovo (UÇK) por sus atentados contra los representantes del gobierno serbio y los colaboradores albaneses.

Los primeros comunicados de prensa del UÇK fueron redactados entre Zúrich y Ginebra, donde residían en los años noventa los futuros líderes de los rebeldes: Hashim Thaci, actual Presidente; Ramush Haradinaj, Primer Ministro; y Kadri Veseli, Presidente del Parlamento. La autoridad estatal serbia reaccionó con violencia contundente ante los primeros atentados armados del UÇK. A principios de marzo de 1998 fue aniquilada casi toda la familia del fundador del UÇK, Adem Jashari. Un año más tarde, cuando las fuerzas de seguridad serbia ya habían asesinado a unos 1 400 civiles albanokosovares y condenado a unas 300 000 personas a la fuga, intervino la OTAN con el fin de evitar un genocidio. La guerra aérea duró 78 días y acabó con la retirada del gobierno serbio de Kosovo. La provincia se sometió a la administración de la ONU y proclamó su independencia en 2008, a raíz de una propuesta del enviado especial de la ONU, el finlandés Martti Ahtisaari.

Desde entonces, los antiguos rebeldes del UÇK tienen las manos libres. Hashim Thaci y Ramush Haradinaj gobiernan Kosovo con más pena que gloria. Los casos de corrupción sacuden a este pariente pobre de Europa. No obstante, tales comportamientos apenas acarrean consecuencias. Una misión de la UE que debía apoyar el establecimiento de un Estado de derecho tras la independencia quedó totalmente desacreditada a raíz de múltiples escándalos y presuntos casos de soborno. A todas luces, los héroes de guerra kosovares mantienen la opinión de que les corresponde servirse de las arcas públicas. En los últimos cuatro años, más de 100 000 kosovares han abandonado, por ello, su país de origen. Por otro lado, el que no forme parte de este clientelismo lo tiene difícil. La tasa de desempleo excede el 30 % y las perspectivas son escasas, sobre todo para los jóvenes. La integración de las más de 100 000 personas que conforman la minoría serbia, así como la superación del pasado de guerra, suponen un enorme desafío. Varios antiguos líderes del UÇK han perpetrado atrocidades contra serbios y contra miembros de la minoría romaní. A raíz de un informe que presentó el político suizo Dick Marty se creó un tribunal especial para llevar ante la justicia a los presuntos criminales de guerra.

Exportaciones y atisbos de esperanza

A pesar de todo, existen en Kosovo algunos atisbos de esperanza. A modo de ejemplo, la empresa Frutomania cultiva 140 hectáreas de terreno con manzanos, perales, ciruelos, albaricoqueros y membrillos. La fruta sirve para elaborar zumos (batidos kosovares sin aditivos, azúcar ni agua) que están disponibles en prácticamente cualquier tienda de Kosovo y que se exportan cada vez más al extranjero. Swisscontact, la organización suiza para un crecimiento económico sostenible, ayuda a los kosovares a promocionar sus productos. Frutomania ha empezado a producir recientemente bebidas alcohólicas. Otro ejemplo: Gjirafa es una exitosa empresa informática que opera una versión albanesa de YouTube y Netflix y se esfuerza por desarrollar el comercio electrónico en sus distintas modalidades.

A finales de marzo los kosovares recibieron una grata noticia: la República había obtenido, finalmente, su propio prefijo telefónico, el +383. Para los kosovares, estas tres cifras simbolizan la existencia de un Estado soberano. El prefijo internacional puede solicitarse ante la Unión Internacional de Telecomunicaciones (UIT), sita en Ginebra, tan pronto como un Estado se torna miembro de las Naciones Unidas. Sin embargo, Kosovo dista mucho de cumplir esta condición. No obstante, tras la presión ejercida por la UE se encontró una solución: Austria presentó la solicitud para conceder un prefijo a Kosovo. Hasta entonces, Kosovo dependía de Serbia en cuestiones de telecomunicaciones: quien deseara hablar con el Primer Ministro kosovar por telefonía fija debía marcar el prefijo internacional serbio.

No obstante, queda todavía mucho camino por recorrer para que Kosovo llegue a ser un Estado plenamente funcional. Esta ardua labor consistirá en liberar al país del yugo de su codiciosa élite, para que una generación joven asuma el poder y pueda algún día conducir al país a la UE. Por lo pronto, esto sigue siendo un simple sueño. No obstante, los kosovares han hecho realidad muchos sueños, como el de convertirse en un Estado propio.

Enver Robelli es redactor del periódico Tages-Anzeiger.

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