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  • Cultura

Zúrich en apuros: entre el gran arte y su poderoso fabricante de armas

01.04.2022 – JÜRG STEINER

Zúrich quería brillar a los ojos del mundo con la elegante ampliación del museo Kunsthaus, obra del arquitecto David Chipperfield. Pero la ciudad se ve envuelta ahora en una controversia en torno a obras de arte robadas por el traficante de armas Emil G. Bührle.

Emil G. Bührle (1890–1956): amante del arte y fabricante de armas.

Grande y grandiosa: estos son los dos calificativos con los que la alcaldesa de Zúrich, Corine Mauch, describió la ampliación del Kunsthaus, diseñada por David Chipperfield, al inaugurarla en otoño de 2021. Tales superlativos denotan la ambición que la capital económica a orillas del Limago alberga a través de su museo de arte –más bien modesto hasta la fecha– gracias a la colaboración del arquitecto británico: convertirse en una metrópoli digna de ese nombre y atraer a un público mundano, aficionado al arte cuidadosamente escenificado.

Con su construcción, que costó 206 millones de francos suizos, Chipperfield ha creado sin duda alguna el marco ideal para lograrlo. Berna posee el Centro Paul Klee, Basilea el Museo de la Fundación Beyeler, ambos diseñados por Renzo Piano; y ahora Zúrich los supera a ambos gracias a Chipperfield y hace de su Kunsthaus uno de los más grandes museos de Europa.

Un imponente cubo que alberga un escenario luminoso

El Kunsthaus se ubica en el barrio universitario de Zúrich, una zona densamente edificada a dos pasos del centro, que desciende en pendiente suave hacia el lago. Allí construyó Chipperfield un imponente cubo de piedra caliza beige del Jura. A pesar de su fachada calada por una serie de láminas paralelas, el edificio macizo suscita la crítica de muchos habitantes, quienes ven el él un ostentoso monolito que transmite una visión elitista del arte. Sin embargo, lo que apenas nadie pone en duda es que el cubo alberga en su interior un luminoso escenario, muy apropiado para acoger con dignidad las más refinadas obras de arte.

Pero debido precisamente a su afán de brillar con el arte, Zúrich ha despertado algunos incómodos recuerdos del pasado. Porque la ampliación del Kunsthaus se ha diseñado en parte para exhibir la prestigiosa colección del antiguo industrial zuriqués Emil G. Bührle (1890-1956): un préstamo permanente de 170 obras, entre las que figuran cuadros de Van Gogh, Gauguin, Cézanne y Renoir, gracias a los cuales Zúrich se eleva prácticamente al nivel de París, capital de los impresionistas… si no fuera por el nombre de un controvertido fabricante de armas: Bührle.

Amante del arte y exportador de armas

La increíble historia de este personaje está documentada desde hace tiempo por medio de una serie de investigaciones críticas. En 1924, Emil G. Bührle fue enviado de Alemania a Zúrich para que continuara desarrollando en suelo neutral un cañón antiaéreo, en la fábrica de máquinas herramienta Oerlikon. No podía hacerlo en Alemania, debido al Tratado de Versalles que prohibía a los alemanes reconstruir su industria armamentística. Bajo la dirección de Bührle, Oerlikon se convirtió pronto en la mayor fábrica de material bélico de Suiza, mientras que él mismo llegó a ser el ciudadano más rico del país.

Bührle, naturalizado en 1937, cultivaba magníficas relaciones comerciales hasta con los más altos representantes de la Alemania nazi y, después de 1945, fue lo suficientemente flexible como para adaptar sus negocios a las condiciones de la guerra fría, suministrando material bélico a todas las regiones en crisis del mundo –aunque no siempre de manera legal, como se ha demostrado–.

Bührle, que había sido estudiante de Bellas Artes, invirtió su fortuna procedente del negocio de armas en obras de arte (entre otras cosas). Sacó provecho del mercado del arte de posguerra, que rebosaba de cuadros de los que los galeristas y coleccionistas judíos habían sido despojados. De ahí la sospecha que se cierne sobre la colección, de que se trate de obras de arte robadas. Bührle se había asegurado una estrecha relación con la élite zuriquense amante del arte, financiando una primera fase de ampliación del Kunsthaus.

Una colección guardada en la sombra

Tras la repentina muerte de Bührle en 1956, su imponente colección, administrada por la fundación que lleva su nombre, permaneció en la sombra durante varios decenios, en una residencia particular de las afueras de Zúrich. Solo en 2008, un robo de obras de arte en la residencia, mal vigilada, hizo tomar conciencia al público del incalculable –e inasegurable– valor de los cuadros de Bührle.

En 2012, los habitantes de Zúrich votaron por cofinanciar con dinero público la ampliación del Kunsthaus, por valor de 75 millones de francos. Y aunque los oscuros orígenes de la colección Bührle que se exhibiría en el nuevo edificio ya eran de conocimiento público, en ese momento el asunto apenas fue objeto de debate.

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¿Un museo contaminado?

En marzo de 2022 se cumplirán veinte años desde que la Comisión Bergier publicara su informe final sobre los bienes patrimoniales que llegaron a Suiza durante la Segunda Guerra Mundial. La labor de los historiadores ha agudizado notablemente la sensibilidad de la opinión pública ante la implicación de Suiza en los crímenes nazis. Pero cabe preguntarse por qué la controversia en Zúrich en torno a los orígenes de la colección Bührle solo ha estallado ahora que los cuadros ya están colgados en el nuevo edificio del Kunsthaus. Muy interesante a este respecto es la tesis que sostiene el historiador Erich Keller en su libro “Das kontaminierte Museum” [“El museo contaminado”], en el que pone en evidencia los estrechos lazos existentes entre la colección de Bührle, el gobierno municipal de izquierdas y el Kunsthaus de Zúrich. Se ha renunciado a un debate responsable sobre la colección Bührle en aras de convertir a Zúrich en una metrópoli del arte, denuncia Keller: esto con el fin de desvincular la colección de su creador, para que el arte ya no represente a la fábrica o al traficante de armas, sino a Zúrich como capital cultural.

A esta situación se debe que no se hayan realizado suficientes investigaciones en torno a la procedencia de los cuadros, afirma Keller. Dado que la investigación estuvo a cargo del mismo director de la colección Bührle, ¿puede la ciudad de Zúrich asegurar que entre las obras no figura ninguna que se haya obtenido mediante expoliación? De ahí que algunos antiguos miembros de la comisión Bergier exijan ahora una investigación independiente.

“Por más que nos duela, el debate sobre Bührle nos sienta bien.”

Corine Mauch

Alcaldesa de Zúrich

Corine Mauch: “El debate sobre Bührle nos sienta bien.”

Muy distinto es el caso la colección de Cornelius Gurlitt, que alberga el museo de Berna: Cornelius Gurlitt, fallecido en 2014, legó a este museo la colección de su padre Hildebrand, comerciante de arte nazi. Berna puso en marcha una investigación independiente sobre el origen de las obras, así como una muy valiente política de restitución, aunque esto resultó más fácil con Gurlitt, donante extranjero, que con Bührle, íntimamente vinculado a la élite zuriquense.

Aun así, parece que la situación está evolucionando en la acalorada disputa de Zúrich. La alcaldesa Corine Mauch ha anunciado que la ciudad exigirá cambios a la Fundación Bührle y a la exposición de la ampliación del Kunsthaus. “Por más que nos duela, el debate sobre Bührle nos sienta bien”, declaró la alcaldesa ante el periódico Neue Zürcher Zeitung.

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