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El cuarteto depredador de nuevo completo

04.11.2015 – Marc Lettau

Suiza se vuelve más salvaje: depredadores autóctonos antes extintos regresan, lo que entusiasma a los habitantes de las ciudades sin mucha relación con la naturaleza y aterroriza a los criadores de ovinos y a los agricultores de montaña. Sobre todo en el caso del lobo, la sociedad oscila entre la representación idílica y los miedos atávicos.

Remontémonos a tiempos lejanos. El 4 de septiembre de 1904 dos cazadores grisones, Padruot Fried y Jon Sarott Bischoff, acechan gamuzas en las faldas del Piz Pisoc. De repente surge un oso. Bischoff, el más experimentado de los dos, apunta. Pero le falla la escopeta y aparte de un “click” metálico no se oye nada. Ahora le toca a Fried: aprieta el gatillo y el animal, de unos escasos 120 kg, se desploma. Con ello Fried se convierte en un héroe, en el vitoreado cazador que ha matado al oso, al último oso de Suiza. El animal es despedazado, conservado en salmuera y servido a los huéspedes del sanatorio de Tarasp.

Una extinción fomentada por el Estado

Las imágenes de entonces pertenecen a la memoria visual suiza – y constituyen también un recordatorio, una advertencia, ya que ese mismo año no sólo se extinguió el oso, sino que se divisó al último lince en el Puerto del Simplón. En la lista de las especies destinadas a la extinción gracias a las primas estatales generosamente concedidas por el Estado suizo, figuraba también la nutria, ese huidizo ladrón de peces que entonces poblaba todos los ríos del país. El lobo autóctono ya se había extinguido desde hacía mucho tiempo. El cazador de gamuzas, Fried, sólo lo conocía de oídas.

En 2015 volvió a escucharse un “click”, pero esa vez sólo era la abertura de una trampa fotográfica. En realidad, el biólogo especializado en fauna silvestre, Christof Angst, sólo quería suministrar la prueba fotográfica de que los castores, antes extintos, estaban ahora jugueteando placenteramente en el río Aare. Pero ante la lente apareció toda una familia de nutrias. Los expertos estaban encantados, ya que el descubrimiento marcaba un hito: más de un siglo tras el certero tiro en Piz Pisoc, todos los depredadores locales que forman el cuarteto – el oso, el lince, el lobo y la nutria – están de regreso.

El lobo forma las primeras manadas

Primero fue el lince, el cual por cierto no vino por su cuenta, sino que fue reintroducido en 1971 y desde entonces se ha establecido en las zonas boscosas del Jura, en los Alpes centrales y los Alpes del oeste. En 1995 el lobo se infiltró en Suiza, procedente de Italia. Hoy sus descendientes forman manadas en los Grisones, en la Calanda y en el Tesino. Y desde 2005 vagabundea una y otra vez por las montañas grisonas uno que otro oso procedente de Trentino. La nutria, a la que hasta bien entrado el siglo XX se le arrancaba la piel hasta las orejas, fue la última del cuarteto en regresar a nuestro país. “La verdadera sorpresa”, dice Christof Angst, “es que la calidad de nuestras aguas sea tan buena que la nutria vuelve a reproducirse aquí.”

La nutria vuelve a su hogar y demuestra cuánto ha mejorado la calidad de las aguas. El lobo está otra vez aquí y demuestra hasta qué punto se han recuperado los bosques destruidos en el siglo XIX por la producción de carbón. Pero el regreso del lobo divide a la sociedad: mientras que se alegran los biólogos especializados en fauna salvaje y los amantes de la naturaleza que viven en las zonas urbanas, los agricultores de montaña y los criadores de ovinos ponen el grito en el cielo. Entre quienes se alegran de la situación está sin duda el Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF), que observa desde hace años el regreso del lobo: “Los lobos representan una ganancia para Suiza”, afirma Martina Lippuner, del WWF. Su creciente número modifica positivamente el equilibrio de la fauna local. Allá donde se ha establecido el lobo, los bosques de montaña están en mejores condiciones. Estos bosques, que protegen a los valles de los aludes, con frecuencia se ven afectados por las consecuencias del gran número de ciervos que ahí viven. Los ciervos son grandes consumidores de brotes de árboles jóvenes, lo que perjudica la vitalidad de los bosques. “Con la presencia del lobo los ciervos se vuelven más esquivos y tienen un comportamiento más acorde con el de su especie, lo que redunda en beneficio del bosque joven”, afirma Lippuner. Un papel similar al del lobo lo tuvo el lince veinte años atrás en el Oberland bernés.

Resolviendo con la escopeta el “problema del lobo”

Por cierto el lince, ese discreto cazador con delicadas patas, está prosperando en Suiza. Su población, que ya se ha incrementado a unos 200 animales adultos, es controlada regularmente por las autoridades correspondientes: algunos animales son capturados y posteriormente liberados en otra parte – por ejemplo, en Alemania o Eslovenia, sin que esto salte a los titulares. Muy distinto es el caso del lobo: desde hace años es el centro de los más acalorados debates sobre cuántos depredadores pueden vivir en nuestro pequeño país. Sobre todo en Valais, donde los rebaños de ovejas pasaban el verano sin pastores ni protección, se han suscitado enérgicas protestas. Y no cambia nada el hecho de que la Confederación invierta cada año tres millones de francos para proteger los rebaños, si bien los daños producidos por los lobos – unas 300 ovejas descuartizadas al año – no superan por término medio los 150.000 francos.

¿No ser tan estrictos con la conservación de las especies?

Los detractores del lobo pretenden ahora obligar a Suiza a retirarse de la “Convención de Berna”, el convenio para la conservación de las especies firmado por 42 Estados europeos. Con ello el lobo perdería su estatus de especie protegida y podría ser cazado de nuevo. La asociación “Suiza, un espacio de vida libre de grandes depredadores” apoya resueltamente esta exigencia, pues opina que el lobo “sencillamente ya no encaja”, como lo afirma su Presidente Georges Schnydrig, quien rechaza asimismo la utilización de perros guardianes para proteger a los rebaños de los ataques de lobos. Estos rebaños protegidos por perros guardianes ya no corresponderían al “concepto tradicional” y acarrearían nuevos problemas en las regiones turísticas. No puede ser que “robustos perros con las fauces abiertas” impidan el paso a los turistas. Tampoco es posible quitar al miedo a los atemorizados: “Nuestros hijos se crían con el ordenador y no pueden de repente aprender a reaccionar frente a animales salvajes.” De ahí que en su opinión el regreso del lobo sea “imposible”. En las zonas montañosas, el lobo significa un retroceso de la civilización, mientras que los amantes de la naturaleza de las zonas urbanas quieren ver en él un recordatorio mítico contra los peligros de un exceso de civilización.

Un regreso que nos afecta a todos

El inspector federal de caza Reinhard Schnidrig (véase la entrevista) aconseja no levantar barreras entre las poblaciones urbanas y rurales: “El regreso del lobo tendrá consecuencias para todos”. Aunque el reto es hoy especialmente obvio para los criadores de ovinos, el lobo no se quedará en las montañas, sino que “deambulará también por las mesetas centrales”, advierte Schnidrig. Sobre todo la Suiza urbana, que hace un uso intensivo del espacio alpino para sus actividades de ocio, pronto se verá confrontada a estos cambios, : “Quien venga de la ciudad para practicar el senderismo o el ciclismo y tenga poco contacto directo con la naturaleza, se encontrará de pronto con un animal de carne y hueso – problablemente un perro guardián que le enseñará los dientes para defender a sus ovejas.” Hace dos años, el inspector de caza dijo que su misión más difícil era lograr que la discusión sobre el lobo en su cantón de origen, el Valais, se mantuviera objetiva. Hoy tiene un problema suplementario: “las dificultades con ciudades que no están dispuestas a afrontar las consecuencias del regreso del lobo.”

Actualmente unos 30 lobos deambulan por los Alpes suizos. A la pregunta de cuántos pueden llegar a ser, Schnidrig responde: Si dejamos de lado al hombre y sus ambiciones, nuestro país ofrece un hábitat para 300 lobos o unas 50 ó 60 manadas. “Esto es lo ecológicamente posible.” A la pregunta de cuántos lobos se necesitan para asegurar la supervicencia a largo plazo de la población de lobos en los Alpes, la respuesta es: “Unas 125 manadas entre Niza y Viena, de ellas entre 15 y 20 en Suiza.” Lo factible desde el punto de vista de la política social – es decir, la respuesta a la pregunta de cuántos lobos consideran los hombres que sería razonable tener – sería “una cifra comprendida entre estas dos”.

Innumerables especies amenazadas

Otra pregunta: ¿demuestra la reaparición del lince, el lobo, el oso y la nutria que la fauna suiza está intacta? Martina Lippuner, del WWF lo niega. La lista roja de los animales y las plantas en peligro de extinción en Suiza es “cada vez más larga”. El tamaño de las poblaciones está “disminuyendo visiblemente” en el caso de muchísimos animales. La biodiversidad no sólo se mide por el número de animales, sino sobre todo por la diversidad de sus hábitats, y en este aspecto tampoco se puede decir que haya pasado el peligro.

Todo lo contrario, dice Reinhard Schnidrig: el hombre roba su hábitat a muchas especies, lo transforma radicalmente – por ejemplo, con la urbanización descontrolada y la intervención sobre los espacios acuáticos. “Esto hace que muchos animales salgan perdiendo.” Llama la atención ver cómo ha cambiado la “Suiza azul” por la rectificación del cauce de los ríos y la explotación intensiva de la energía hidráulica: “En el curso de los últimos cien años Suiza se ha desecado”. Los amplios pantanos y ciénagas, los humedales y las praderas con agua estancada han desaparecido casi en su totalidad.

Las consecuencias son dramáticas. El 40 % de todas las aves que anidan en Suiza están en peligro de extinción, lo mismo que el 80 % de todos los anfibios que viven en la “Suiza desecada”. Sin embargo, el que desata las emociones es el lobo.

Marc Lettau Es Redactor De “Panorama Suizo”

Entrevista con el biólogo especializado en fauna salvaje, Reinhard Schnidrig

Caperucita y el lobo feroz

“¡Abuelita, qué boca más grande tienes!” – “¡Para comerte mejor!” Nada más decir esto, el lobo saltó de la cama y se tragó a la pobre Caperucita. En cuanto el lobo sació su apetito volvió a tumbarse en la cama, se durmió y empezó a roncar muy ruidosamente.

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