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Batalla de mandatarios e interpretación del presente

09.07.2015 – Georg Kohler

Georg Kohler, catedrático emérito de Filosofía Política de la Universidad de Zúrich, analiza para “Panorama Suizo” la campaña electoral de 2015

En la acalorada disputa actual sobre el significado de la Historia suiza, se trata en principio del futuro, del grado en que Suiza debe adaptarse al entorno europeo, tan cambiado. El pasado nos muestra lo que somos, y nos ha convertido en lo que nos hace especiales. Esta es la tesis de quienes ven a Suiza amenazada en su núcleo inmaterial. No obstante, este núcleo solo se definió claramente en épocas marcadas por las mayores crisis. Así pues, pierde su forma clara en nuestra era de reorientación pacífica. Y es un hecho objetivo que Suiza precisa un cambio ideológico ya desde las radicales transformaciones de 1989, pero nadie quería reconocerlo. Un tanto difusamente, ahora la mayoría es consciente de ello.

Está claro que será difícil reorientarnos. Un país como Suiza, situado en el centro de Europa pero que define su identidad política, como muy tarde desde 1914, básicamente por sus “diferencias”, entra en crisis cuando son esas “diferencias” las que parecen estar en juego.

Por varias razones, las posibilidades de que Suiza haga valer su estatus especial, siempre reclamado una y otra vez, son muy limitadas en la Europa actual. Su imperecedera neutralidad armada, el hecho de ser un pequeño Estado con instituciones orientadas a la participación directa de los ciudadanos son (o eran) los elementos básicos de la conciencia nacional, y marcaron profundamente su época de grandes éxitos, desde principios hasta casi finales del siglo pasado. Lamentablemente, hoy tenemos que reflexionar sobre su profunda revisión.

Estamos rodeados de amigos; por eso es muy difícil justificar la racionalidad de un estatus de neutralidad, que vea a “los otros” como belicosos Estados poderosos. E incluso en nuestro país todos saben que la “neutralidad armada” sólo fue posible gracias a la OTAN. También resulta equívoca la figura del “pequeño Estado” que domina todos los discursos pero no encaja con la realidad de albergar uno de los mayores centros financieros del mundo y ser una potencia media político-económica como exportadora de capitales. Por eso, Suiza tenía sus razones para ocupar un puesto de “copiloto” en el club de los G20. Al menos la élite funcional diplomática del país siempre ha sido muy consciente de que Suiza está insoslayablemente implicada en el “corsé” de la judicialización y regularización, sintomáticas de nuestros días. La ignominiosa derrota en la lucha por mantener el secreto bancario es el paradigma más notable, y también demuestra el impacto de las corrientes de la política mundial, que contrarrestan directamente la estrategia central de nuestra democracia, concretamente la idea de separar la política de la economía.

No obstante, la economía globalizada exige una organización política y jurídica que conduzca a agrupaciones de intereses transnacionales y regulaciones supraestatales. Pero este modelo es diametralmente opuesto al esquema operativo vigente en la orientación mundial de la Confederación – basada en una globalización de los mercados y un aislacionismo político para protegerse de influencias extranjeras. Víctima de esta tendencia, no se puede negar, es también la ilimitada autonomía del pueblo soberano a decidir por sí mismo gracias a la democracia directa.

Conclusión: desde la perspectiva de la teoría social, no de la mitología histórica, la neutralidad del poder político ha perdido relevancia, porque los factores específicos de nuestra época ya no residen en la posibilidad de guerras, sino en el funcionamiento organizado de los mercados.

Así pues, la democracia nacional ya no garantiza por sí sola, e ignorando los intereses transnacionales, una base sólida para un orden y un desarrollo militarmente asegurados y aceptados internacionalmente como legítimos. Por tanto, no hay que atribuir nuestros actuales problemas de identidad a la falta de comprensión de las antiguas enseñanzas históricas, sino a los nuevos problemas transfronterizos de diversas civilizaciones. Analizando realistamente dichos factores, vemos que éstos son los problemas a afrontar en el debate sobre la identidad suiza.

En lugar de eso, asistimos a una batalla entre mandatarios: los defensores de los mitos sobre la fundación de la Confederación contra la investigación historiográfica, que critica la aproximación a los hechos y la idoneidad práctica de la narrativa tradicional.

Es una batalla por las sombras de la Historia, en la que no se puede olvidar el presente.

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